⛩️ Japón, un país que ya conocíamos antes de conocerlo
¿No te pasa a veces que llegas a un sitio por primera vez y, aún así, te parece que ya habías estado allí? A mí me pasó en Nueva York… y ahora me ha vuelto a pasar en Japón. Es como si todo me sonara: las calles, los carteles, los barrios (especialmente en Tokyo). Es lógico porque hemos crecido rodeados de referencias japonesas —dibujos, películas, juguetes, productos, videojuegos— y cuando por fin estás allí, reconoces un montón de cosas sin haberlas visto nunca en persona. Es una sensación rarísima, pero a la vez muy especial.
¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando dices Japón? Son cientos de cosas instaladas en nuestra vida cotidiana, más de las que piensas.
Sin embargo, y a pesar de esa falsa sensación de cercanía, Japón es un mundo completamente distinto al nuestro. La cultura, las costumbres, la forma de relacionarse… todo está tan lejos de lo que conocemos que es imposible no quedarse con la boca abierta cada dos por tres. Y sí, también hay momentos en los que tanta diferencia te abruma un poco o te deja fuera de juego, pero forma parte del encanto del viaje.
La verdad es que creo que lo mejor que hice fue viajar a Japón sin demasiadas expectativas y, algo bastante raro en mí, sin una preparación demasiado exhaustiva. Y no salió del todo mal! El impacto fue mayor y las sorpresas, mucho más auténticas. Desde enero llevaba encadenando viajes y, entre una cosa y otra, no había tenido tiempo de planificar éste como suelo hacerlo. Tenía claro lo básico: quería ir a principios de abril para coincidir con la floración del cerezo, así que compré los vuelos, reservé hoteles y organicé los traslados. También miré un par de excursiones y marqué en el mapa algunos sitios que no quería perderme, además de los parques más recomendados para ver la sakura. Pero poco más. El resto iba a ser improvisar sobre la marcha.
Debo decir que conté con la ayuda inestimable de Passporter.app que me ayudaron a confeccionar el viaje a mi medida y me animaron con mis preocupaciones y miedos, tenía la seguridad y la confianza de que todo iba a ir fluido, como al final sucedió.
¿Quieres saber qué ver y qué hacer en un viaje de 10 días por Japón, perfecto para una primera vez? Sigue leyendo y te lo cuento.
日本 JAPÓN 日本
🎎 El CHOQUE CULTURAL CON LA SOCIEDAD JAPONESA, CURIOSIDADES E ICONOGRAFÍA
Quiero aclarar que todo lo que explique en este post será sobre las tres ciudades que visité, Osaka, Kyoto y Tokyo, ya que lamentablemente no pude apenas descubrir zonas rurales. Éste suele ser el circuito clásico para una iniciación en Japón.
Muchas cosas me impactaron, y aunque algunas las conocía vivirlas en primera persona es una experiencia apasionante:
- Lo primero que llama la atención es la dualidad entre la hiper-modernidad y la tradición milenaria. No es raro encontrar pequeños templos, lugares de silencio y paz, en convivencia entre enormes rascacielos con pantallas luminosas y anuncios a todo volumen o futuristas autopistas elevadas cruzando la ciudad de punta a punta. Otro contraste que me resultó curioso es que en un país aparentemente tan avanzado tecnológicamente los cables en la calles sigan siendo un amasijo de conexiones colgadas de postes.
- El concepto de «omotenashi« (la excepcional hospitalidad japonesa) de manera desinteresada, sincera y sin esperar propinas o recompensas adicionales. Los saludos, las gracias, las reverencias y su lenguaje corporal, en todas partes te sientes bien recibido y bien atendido.
- El concepto de «wa«, la importancia del respeto, el silencio, el orden y la armonía, priorizando el bienestar del grupo sobre el individuo. El japonés no hará nada que pueda molestar al otro, por eso en los transportes públicos van en silencio, con los móviles en silencio, sin ocupar un asiento que pueda entorpecer o incomodar a otros, con las mochilas y maletas recogidas. También por eso en las calles los peatones respetan el sentido de la marcha, en las escaleras mecánicas religiosamente van todos apartados en un lado.
- La limpieza de las calles y de los lugares públicos. En Japón no hay papeleras, sólo podrás encontrarlas en lugares muy específicos, los konbinis, algunas estaciones, o junto a máquinas expendedoras. A pesar de eso, o precisamente por eso, las calles están limpísimas, sin basura. La gente suele llevarse una bolsa para recoger sus desperdicios diarios y llevárselos a casa. Está prohibido fumar en la calle, por eso tampoco hay colillas en ningún lado ni malos olores. En el metro y en las estaciones, de tanto tránsito, el suelo brilla de limpio que está.
- La estética japonesa se alinea con ese concepto de armonía, por eso el estilo suele ser minimalista, especialmente en la decoración – zen, sencilla y austera -, o en la moda, monocromática, cómoda y básica. En cuanto a la indumentaria llama mucho la atención ver en el metro en horas punta como los trabajadores de oficina (salary men y office ladys) van vestidos todos igual, con trajes de chaqueta de colores oscuros, camisa blanca, sin estridencias, todo muy neutro y conservador, y es que por lo visto hay un código de vestimenta «no escrito» en las empresas que busca uniformidad y profesionalidad. Esta estética roza el ideario comunista ´de la comunidad frente al individuo.
- La puntualidad extrema, la regla de los 5 minutos. Ser puntual para ellos es llegar antes, eso de no deja de demostrar, de nuevo, un alto nivel de compromiso y respeto por los demás. Un retraso de apenas un minuto en el tren bala se considera una demora y se disculpan públicamente.
- La obsesión por la presentación. En Japón, el envoltorio es tan importante como el regalo mismo, reflejando el cuidado y el respeto hacia el receptor. La comida se prepara para complacer tanto al paladar como a la vista, utilizando técnicas de emplatado artístico tanto en un restaurante como en las cajas de bento o en los productos envasados. Como curiosidad en Japón es obligatorio que si un envoltorio muestra una foto del producto, ésta sea exactamente del mismo tamaño y apariencia de lo que te vas a encontrar dentro.
- La papelería y los libros en Japón son una forma de arte y organización personal, donde la tradición del papel hecho a mano convive con la tecnología de escritura más avanzada.
- Lo kawaii. Es la estética tierna, adorable, podríamos decir «lo cuqui«, con colores pastel, animalitos, dibujos inocentes. El ejemplo más icónico sería Hello Kitty, pero se pueden encontrar mil muestras en cosas cotidianas, organismos oficiales como la policía o los bomberos tienen mascotas sonrientes y amigables, e incluso muchos paneles informativos «serios» se suelen acompañar con dibujos de animalitos kawaii para explicar procedimientos o normas, en el aeropuerto, en el transporte. La tapicería de los asiento en los buses muestran divertidos dibujitos de animales. La información meteorológica en la televisión se hace también con muñequitos. Hasta las cajas de medicinas representan dibujitos con la dolencia que curan! Tengo la teoría que esta estética infantil, que acompaña a los japoneses en todas las etapas de su vida, consigue que se interioricen mejor las comunicaciones y los mensajes.

- En Japón podrás encontrar las rarezas más inimaginables: tiendas temáticas, cafés peculiares, personajes disfrazados, merchandising de cualquier cosa, máquinas expendedoras de bebidas y máquinas gachapon que sacan una pequeña sorpresa en cualquier esquina.
- Algunas melodías de la vida cotidiana se te quedarán grabadas para siempre en la memoria, desde los sonidos como pájaros de los semáforos, o la música de las estaciones del metro, cada una distinta, o a la entrada de los konbinis. Japón no es sólo una locura visual, también lo es sonora.
- Los míticos inodóros japoneses, son sus chorros, autolimpieza y calefacción en los asientos. Algunos tienen también un botón de «privacidad» que al pulsarlo hace un ruido como de agua correr para que desde fuera no se oiga cómo haces tus necesidades. Una ves lo pruebas ya nada vuelve a ser lo mismo.
- El anime, el manga y todas las referencias pop japonesas. Llegar a Japón es como entrar en un recuerdo de la infancia, aunque debo reconocer que pocas de esas referencias eran sobre los dibujos animados de los 80, sólo encontré un Mazinger Z gigante en una tienda. Puedes encontrar de todo sobre Pokemon, Shin Chan, Doraemon, Sailor Moon, Godzilla, Mario Bros, Dragon Ball, Rilakkuma y uno muy muy popular que no llegó a España, Anpanman.

- ¿En qué son buenos los japoneses? Intentaba hacer una lista de marcas, cosas o conceptos que los japoneses han exportado al mundo y que tenemos ya asumido en nuestro día, y son demasiadas: el feng shui, los sudokus, los haikus, los kimonos, los paneles japoneses, los jardines japoneses, los bonsais, los emojis, obviamente muchas de las marcas que consumimos de tecnología (Sony, Nintendo, Panasonic, Canon, Nikon, Epson, Toshiba, Daitsu, Fujitsu, Sega, Playstation), coches (Honda, Suzuki, Nissan, Toyota, Mazda, Subaru, Lexus, Mitsubishi), o motos (Yamaha, Kawasaki). En su día fueron pioneros en inventos como el móvil con cámara, los memory sticks, la pantalla plana, la calculadora de bolsillo Casio, el portaminas, el tren bala autónomo, los códigos QR o el walkman. La lista es interminable… Japón está más presente en tu vida de lo que creías!
🍜 LA GASTRONOMÍA
La comida en Japón no es sólo comida: es cultura, salud y casi una forma de espiritualidad. Todo gira en torno al Washoku, esa filosofía basada en la armonía, la estacionalidad y el equilibrio que incluso está reconocida por la UNESCO. Su dieta —rica en pescado, soja, verduras y arroz— es uno de los secretos de la famosa longevidad japonesa. Tan importante es la comida que allí no está bien visto comer por la calle. Para ellos, comer es un ritual que merece respeto, atención y su propio tiempo. Nada de devorar algo mientras caminas deprisa entre estaciones de metro: se sientan, lo disfrutan y lo viven. Y claro, cuando llegas desde Occidente, donde todo es más rápido y práctico, este choque cultural se nota… y mucho.
Hay que ser sinceros: no sabemos lo que es la auténtica cocina japonesa hasta que llegamos allí. Lo que solemos comer en Occidente —ese “japo” que tanto nos gusta de nuestra ciudad— no deja de ser una adaptación, una versión suavizada y fusionada para nuestros gustos. Y cuando aterrizas en Japón, te das cuenta de que ese mundo es solo la punta del iceberg. Porque sí, está el sushi… pero el sushi real, nada del roll california ni cosas raras. Y además, el sushi no es ni de lejos el plato más consumido por los japoneses, por paradójico que parezca. Allí el abanico gastronómico es enorme: ramen, udon, sashimi, tempura, yakitori, okonomiyaki, donburi, tonkatsu, gyozas, soba, onigiri, takoyaki, edamame… y por supuesto, la mítica y apreciada carne de wagyu, que preparan de mil maneras.
Debo reconocer —y no sin cierto pesar— que mi relación con la comida en Japón fue… complicada. Suena raro, lo sé. Estás en un país lleno de restaurantes diminutos, izakayas (tabernas) con encanto, mercados callejeros que parecen salidos de una película, y aún así yo iba por ahí sintiéndome un poco fuera de lugar cada vez que tocaba comer. La razón principal tiene nombre propio: miso. Esa pasta de soja fermentada que allí se usa como si fuera agua bendita. Está en todo. En la sopa de miso, en los guisos, en el ramen, en platos que no sabría ni cómo describir. Y claro, el miso es la base del famoso umami, ese “quinto sabor” que no es dulce, ni salado, ni ácido, ni amargo… es simplemente umami. Y si no le pillas el punto, estás perdido, porque lo vas a encontrar en absolutamente todo. Para colmo, el olor del miso está por todas partes. Así que si querías picar algo en un mercado o entrar en una taberna a probar suerte, no había escapatoria posible, el olor me echaba para atrás. Incluso los hoteles donde me alojé en Osaka y Kyoto incluían desayuno… que era japonés al 100%. Sopa de miso, pescados, verduras encurtidas, y tortilla japonesa, que no sabía en absoluto a “tortilla” como la entendemos aquí.
Una comida completa japonesa siempre contendrá un bol de arroz, un bol de sopa de miso, unas verduras y el plato principal, que puede ser carne o pescado. Esta infografía representa muy bien toda la comida.
Total, que encontrar algo amable para mi paladar se convirtió en una pequeña misión diaria. Salvé el viaje gracias al arroz, a las gyozas… y sobre todo a los dulces. Ahí sí que Japón juega en otra liga. En Osaka, por ejemplo, es famosísima la tarta de queso. Pero no es la tarta de queso que conocemos: es un bizcocho ultra esponjoso, casi tembloroso, hecho básicamente con mantequilla, huevos y queso crema. Una nube. Y los pancakes japoneses… bueno, eso es otro nivel. Altos, suaves, casi indecentes de lo buenos que están.
Otra cosa que me mantuvo con vida en Japón fueron los konbinis. ¿Qué son los konbinis?
Básicamente, son las tiendas de conveniencia que están por todas partes: 7‑Eleven, Lawson, Family Mart… auténticos templos del “aquí lo tienes todo”. En los konbinis puedes encontrar los sandos, esos sandwiches sin corteza hechos con pan de molde de leche, tan suave y esponjoso que parece una nube. Los más populares: el de huevo y el de chuleta de cerdo. Pero eso es sólo el principio. También tienen comida preparada de muy buena calidad y a precios más que razonables: platos calientes, fideos, bentos, onigiris, galletas de arroz, dulces, helados… y flanes. Muchísimos flanes. Les encantan.

Algo que me sorprendió es que cada vez más japoneses se están aficionando al café. El té sigue siendo el rey absoluto —y dentro de él, el matcha, con el que yo no puedo—, pero ya es muy habitual encontrarte cafeterías de especialidad y baristas que preparan todo tipo de cafés que nada tienen que envidiar a los nuestros.
Así que sí: mi historia con la comida japonesa fue un poco montaña rusa. Pero también fue parte del viaje, de ese choque cultural que, al final, es lo que hace que Japón sea Japón.
🚅 EL TEMIDO PERO EFICIENTE TRANSPORTE PÚBLICO
Digo temido porque, seamos honestos, es uno de los grandes miedos —por no decir terrores— de muchos viajeros cuando llegan a Japón. Con tantas estaciones, tantos transbordos, tantos sistemas de metro y tren funcionando a la vez, es normal que aparezca el pánico a perderse, a subir al tren equivocado o a acabar en el sentido contrario. La ansiedad está servida. Yo también pasé por ese miedo. Pero ahora, viéndolo con perspectiva, puedo decir que no es para tanto. Mientras tengas claro a dónde vas y qué cambios tienes que hacer, todo fluye sorprendentemente bien. Eso sí: requiere un mínimo de investigación y una preparación previa antes de lanzarte a la aventura.
Mi consejo: huye de los mapas físicos. Son un jeroglífico imposible de descifrar, un sudoku en 4D. Existen varias aplicaciones que pueden ayudarte, pero la verdad verdadera es que Google Maps es tu mejor aliado. Le dices de dónde sales y a dónde quieres llegar, y te da absolutamente todo: la ruta, los transbordos, por qué entrada entrar y salir (créeme, hay estaciones con más de 20 accesos), e incluso en qué vagón subir para que el cambio sea más fácil. Además, en el suelo suele haber flechas pintadas con las conexiones, que te ayudan a encontrar tu camino. Al final, lo que parecía un monstruo de mil cabezas resulta ser un sistema súper eficiente… siempre que vayas con la ruta clara y el móvil cargado.
Dicho esto, debemos distinguir:
El transporte interurbano. Las líneas de tren JR (Japan Railway) conectan todas las ciudades y están divididas por regiones, siendo las más usadas la Central, East y West. Existen los llamados JR Rail Pass para 7, 14 o 21 días. Tienes que valorar qué saltos vas a hacer y cuantas veces vas a usarlo, si sólo vas a hacer un trayecto no compensa, vale más la pena comprar suelto el billete específico.
Una de las variantes del tren JR es el legendario tren bala, el Shinkansen, siendo la línea más utilizada la Tōkaidō, que transcurre entre Osaka y Tokyo. Existen 3 servicios distintos, con diferentes precios y tu billete siempre indicará cual es:
- Nozomi, es el más rápido, el express.
- Hikari, es express pero con algunas paradas.
- Kodama, para en todas las estaciones.
- El transporte urbano. Destaca por encima de todos, el metro. Todas las ciudades japonesas cuentan con una de las redes de metro más eficientes del planeta.
El metro de Osaka, con sólo 9 líneas es el 8º más usado del mundo. Como verás en otros metros, todas las estaciones se identifican por una letra (nombre de la línea) y un número. Así a veces en lugar de llamar a la estación por su nombre se le conoce por esa identificación, por ejemplo Shin-Osaka es M13.
El metro de Kyoto sólo tiene 2 líneas, Tozai (roja) y Karasuma (verde). Por tanto, no te librarás de tener que usar el bus o las líneas del tren JR en alguna ocasión para llegar a determinados lugares. Al igual que en Osaka, las estaciones del metro se identifican con una letra, T o K, y un número.- El metro de Tokyo, o deberíamos decir, los metros de Tokyo. Porque para hacerlo aún más complicado hay dos compañías de metro, y para liarlo aún más tenemos líneas del tren JR también cruzando la ciudad. Pero en el fondo eso lo hace aún más fácil, pues cuentas con multitud de opciones para llegar a tu destino.
Tokyo Metro, 9 líneas
Toei Metro, 4 líneas
A todo eso hay que sumar otras 15 líneas del tren JR East que operan en el Tokyo metropolitano, siendo la línea circular Yamanote la más popular pues conecta los puntos más importantes de la ciudad.
Ahora bien, no te confíes y asegúrate de contar con los billetes y pases adecuados, porque no todos funcionan para todo. Lo ideal es que en las máquinas de las principales estaciones te hagas con una tarjeta Pasmo o Suica, emitidas por JR East, que son las que te permiten usar cualquier tipo de transporte a un precio muy ventajoso. Funcionan como la Oyster de Londres, al comprarla se aplica un depósito de 500 yenes (3 euros) que al final de tu viaje puedes recuperar con el resto de tu saldo cargado. Además la puedes usar en konbinis y para otras pequeñas compras. Pero, ATENCIÓN, sólo se puede obtener por primera vez en Tokyo, aunque después se puedan usar en todo el país. Si tu viaje se inicia en Osaka por ejemplo, como fue mi caso, tendrás que comprar la emitida por JR West para la zona de Osaka y Kyoto, la ICOCA. O como hice yo:
- Osaka Metro Pass 48 hrs, utilizable sólo para el metro, pero más que suficiente. 1.700 yenes (unos 9 euros). También existe la de 1 día.
- Kyoto 1 day pass, para metro y buses. 1.100 yenes (6 euros)
- Tokyo, me hice con una Suica nada más llegar a la estación central y durante mi estancia me encontré una Pasmo tirada en una estación, la utilicé con algo de saldo.

Una de las cosas que más sorprende del transporte público en Japón es su puntualidad extrema. Pero extrema de verdad, llevada al límite. Tenlo muy presente porque un único minuto puede significar perder un tren. Y no exagero: en ese mismo minuto pueden pasar dos o tres trenes por la misma vía, así que si te despistas, te subes al que no toca en un abrir y cerrar de ojos. El caso más espectacular es el Shinkansen, el tren bala. Es tan puntual que parece una coreografía milimetrada. Además, funciona de manera totalmente autónoma y no comparte vías con ningún otro tren, lo que explica esa precisión casi obsesiva. Tu billete no sólo indica el tipo de tren, la fecha y la hora: también especifica el vagón y el asiento exactos. Y los andenes están diseñados para que todo el mundo se coloque justo donde abrirá su puerta. Nada de improvisar. Llegas, te pones en tu número, y cuando el tren se detiene —ni un centímetro más, ni uno menos— subes y encuentras tu asiento en segundos. Un detalle importante: si viajas con maleta grande, debes reservar un asiento especial para equipaje voluminoso. No es opcional. Japón ama el orden, y el Shinkansen más todavía. Sin embargo, si lo de cargar la maleta por estaciones, escaleras y pasillos infinitos no te entusiasma, Japón tiene un as bajo la manga: el servicio de envío de equipaje de hotel a hotel. Dejas la maleta en recepción o lo gestionas desde cualquier konbini, completando un formulario mínimo… y listo. Ellos se encargan de todo. La única condición es tenerlo en cuenta en tu planificación: la maleta tarda unas 24 horas en llegar. Así que conviene llevar una mochila con lo imprescindible para ese día y olvidarte del resto. Es una sensación liberadora caminar por las estaciones sin arrastrar nada.
🌸 LA MAGIA DE LA SAKURA🌸
El cerezo es mucho más que un árbol bonito para los japoneses: es casi un símbolo emocional del país. La floración de este árbol – sakura – representa la belleza efímera de la vida, porque sus flores duran apenas unos días y recuerdan esa mezcla de alegría y melancolía tan japonesa. También marca nuevos comienzos, ya que su floración coincide con el inicio del año escolar y fiscal, así que para ellos es sinónimo de renovación y esperanza. Además, la sakura está profundamente ligada a la identidad cultural: aparece en el arte, la literatura, el cine y, por supuesto, en el hanami, ese ritual precioso de reunirse bajo los cerezos para celebrar la llegada de la primavera. Aunque en el pasado tuvo connotaciones más duras, hoy la sakura es sobre todo un símbolo de vida, armonía y comunidad, una flor que no sólo se mira: se siente.
Tenía clarísimo que mi viaje tenía que coincidir con ese brevísimo instante de la sakura, ese momento casi mágico en el que los cerezos explotan en blanco y rosa antes de desvanecerse como si nada. Pero acertar es complicado: cada año la floración cambia, a veces se adelanta, otras se retrasa, y un golpe de frío o un par de días de viento pueden hacer que todo desaparezca en un suspiro. Por suerte, llegué justo en su máximo esplendor. Unos días más tarde y me lo habría perdido. No es casualidad que sea la temporada alta absoluta en Japón: nadie quiere perderse ese espectáculo tan efímero y tan perfecto. Y cuando estás allí, bajo esos árboles que parecen nevados de luz, entiendes por qué. No hay que confundir la sakura con la floración del ciruelo, que sucede mucho antes, sobre febrero. Esa primera explosión de color tiñe algunos parques de un fucsia intenso, casi eléctrico, y puede despistar si no sabes qué estás mirando. Sus flores son más pequeñas, más vibrantes y con un aroma mucho más marcado. La sakura, en cambio, llega después, con ese tono rosado suave. Podríamos decir que el ciruelo anuncia que el invierno empieza a retirarse… pero la sakura es la que marca de verdad la llegada de la primavera japonesa.
La sakura no sólo transforma los parques y las calles: durante esas pocas semanas rige literalmente la vida de los japoneses. Todo gira en torno a ella. De repente empiezan a aparecer postres, helados, bollos y bebidas con sabor a sakura; una especie de fiebre rosa que invade pastelerías, cafeterías y supermercados. Pero no se queda ahí: también salen colecciones especiales de papelería, libretas, sobres, pegatinas, y todo tipo de merchandising para celebrar ese momento tan esperado. Es como si el país entero entrara en modo “primavera absoluta”.
¿DÓNDE VER LA SAKURA? Está literalmente por todas partes, en una calle escondida, en un paseo por un canal, pero hay diversos puntos especiales donde es más fácil y fotogénico admirarla.
Osaka: destaca especialmente el Castillo de Osaka, rodeado de jardines y parques por donde se puede pasear y hacer picnics. Dentro del recinto del castillo, los jardines Nishinomaru son el mejor lugar para observarlos, especialmente de noche. La entrada es de pago y puedes imaginar que hay unas colas kilométricas.
Kyoto: el puente Gion Shinbashi, que parece sacado de una estampa antigua cuando los cerezos lo enmarcan por completo. También el santuario Yasaka, donde las flores se mezclan con farolillos y templos, creando una atmósfera casi irreal. Desde allí, perderse por las callejuelas que llevan a Ninenzaka y Sannenzaka es una maravilla: casas tradicionales, escaleras de piedra y cerezos que asoman por cada esquina. Otro paseo precioso es el de las orillas del río Kamo, donde la gente se sienta a mirar cómo caen los pétalos sobre el agua, o el del canal Takase, cerca de Pontocho, con sus árboles inclinados reflejándose en el canal como si quisieran tocarse. Y si te alejas un poco del centro, lugares como Arashiyama o incluso Nara ofrecen escenas donde la sakura se mezcla con montañas, templos y ciervos paseando a su aire.
Tokyo: en Tokyo la sakura tiene un aire más urbano, pero igual de espectacular. Ueno Park es un clásico: miles de personas paseando bajo un túnel interminable de flores. En Sumida Park, los cerezos se alinean junto al río con vistas a la Tokyo Skytree. Chidorigafuchi Green Way es uno de los lugares más románticos, con barquitas navegando entre pétalos. Y el Meguro River, con sus cerezos iluminados por la noche, es directamente de película.
🗺️ Qué hacer en 10 días – EL TRIÁNGULO CLÁSICO: OSAKA – KYOTO – TOKYO
A no ser que tengas alguna preferencia especial de visitar otros sitios, éste suele ser el itinerario más popular para una primera vez en Japón.
La elección de los vuelos. Creo que los míos fueron un gran acierto: Palma – Munich – Kansai Osaka para la ida y Haneda Tokyo – Frankfurt – Palma para la vuelta. Primero porque se saltaba cualquier escala en Oriente Medio dadas las circunstancias, y segundo porque en Mallorca tenemos la enorme ventaja de tener excelentes conexiones con Alemania. No pienses que volar a Osaka y volver por Tokyo te va a costar más que un mismo vuelo ida y vuelta a Tokyo, que es lo que suele hacer mucha gente. Te aseguro que la diferencia la vas a gastar en tener que volver en el tren a Tokyo para el vuelo de vuelta. Te ahorras tiempo y repetir trayectos.
DíaS 1-3: OSAKA, LA CAPITAL GASTRONÓMICA
Mi vuelo de Lufthansa aterrizaba en Osaka a las 08:00 de la mañana. Tenía un transfer contratado, así que no tuve que enfrentarme al transporte desde el aeropuerto de Kansai, que queda a poco más de una hora del centro. Tras pasar los trámites de inmigración —largos, muy largos—, llegar tan pronto terminó siendo una bendición: a media mañana ya estaba en mi hotel. Me alojé en el Comfort Hotel Shin-Osaka, de la cadena Choice. Para mi sorpresa, la habitación ya estaba lista. Ese pequeño detalle después de un vuelo intercontinental de 14 horas te cambia el humor y el ánimo. Dejé la maleta, me di una ducha rápida, probé por primera vez el mítico wc japonés, y salí a explorar.
El hotel está a cinco minutos a pie de la gigantesca estación de Shin-Osaka, ese monstruo de acero y pasillos infinitos desde donde sale el Shinkansen. Como ese primer día llovía a mares, decidí refugiarme allí, donde todo parece moverse a una velocidad distinta. Aproveché para ubicar el andén del tren bala —no quería perderme el día de salida—, compré mi pase de transporte y me dejé llevar por el flujo de gente. Entre pasillos, tiendas y señales que parpadean, tomé el metro hacia Umeda, el corazón moderno de Osaka. Mi primera experiencia en el metro y mi primer contacto con la cultura japonesa: tiendas enormes de electrónica, plantas enteras dedicadas a videojuegos y máquinas recreativas, otras de cosmética, papelería, gadgets imposibles. Un laberinto sensorial lleno de estímulos, que te abruma y te fascina al mismo tiempo. La tarde se me fue entera así, caminando sin un plan, dejándome sorprender a cada paso, sintiendo que acababa de aterrizar en otro planeta.
El día siguiente ya lo tenía entero y el plan era bastante completo, a la vez que ambicioso. Sobre el papel todo parece asumible, los metros, las distancias, pero nadie te advierte de lo agotada que puedes terminar un día entero subiendo y bajando escaleras, caminando durante horas… Lo primero que hice al llegar en metro al barrio de Shinsaibashi fue buscar un café. Ahí me di cuenta de que muchos de los sitios que tenía anotados no abrían hasta media mañana, sólo un pequeño café tenía abierto desde primera hora, el Mill Pour Coffee. Ninguna de las tiendas de la enorme calle cubierta Shinsaibashi-suji estaba abierta, la ciudad se estaba todavía despertando. Los pasos me fueron llevando hacia el sur, hacia Dotonbori y su epicentro el puente Ebisu, allí en el canal está el segundo Don Quijote más grande de Japón, y el más kitsch, con su enorme noria amarilla.
TENEMOS QUE HABLAR DE DON QUIJOTE, POPULARMENTE LLAMADO DONKI

Es la cadena de tiendas de descuento más famosa y caótica de Japón. Operan más de 600 tiendas, a menudo abiertas 24/7, donde se encuentra una enorme variedad de productos —desde snacks y cosméticos hasta electrónica y ropa— apilados hasta el techo, en pasillos laberínticos, siendo una parada esencial para turistas por sus precios bajos y tax-free. Su cancioncita taladrará tus oídos durante todo el viaje y cada vez que te topes con alguno no podrás resistir la tentación de entrar y ver qué tesoros encuentras. Su cosmética es súper viral en IG y la gente se lleva maletas enteras cargadas con sus productos.
Perdí mucho tiempo ahí, debo reconocerlo, pero es que estaba fascinada, los Don Quijote tienen algo que te atrapan. También dediqué tiempo a hacer fotos a toda esta zona, que es como entrar en un videojuego. Luces, pantallas gigantes, cangrejos mecánicos moviendo las patas, gente por todas partes, música, olor a takoyaki. Y eso que era de día, por la noche la zona se vuelve aún más excesiva y ruidosa.
Continúo mi ruta y después de pasar un rato en un café con perros samoyedos (hablaré de esta fiebre de los cafés de animales más tarde), me planto en Kuromon Market, un colorido y animado mercado que huele a parrilla, a mar y a fritura recién hecha. Pulpos, cangrejos de proporciones colosales, calamares, pepinos de mar y todo tipo de comidas indescriptibles y nunca antes vistas, Osaka es la capital gastronómica de Japón. Me dejo llevar y me pido un pincho de wagyu que se deshace, riquísimo! Pero salgo pronto de allí pues tantos olores me empiezan a marear. Camino hasta la zona comercial de Namba y siguiendo hacia el sur por debajo de las vías del tren descubro pequeñas tiendas de diseñadores locales y bonitas cafeterías como Brooklyn Roasting Company Namba. La siguiente parada será en Shinsekai, un barrio que parece detenido en una película de los años 60. Carteles retro, farolillos, restaurantes de kushikatsu y un ambiente que mezcla nostalgia con un punto kitsch encantador. En el centro del barrio se alza la torre Tsūtenkaku, símbolo absoluto de Shinsekai. Subo para ver la ciudad desde arriba: no es la vista más alta ni la más moderna, pero tiene un encanto especial, como mirar Osaka desde un recuerdo.
Termino un día agotador en el Castillo de Osaka, paseando por sus jardines y admirando la sakura, hasta que se hace de noche y asoma la luna llena entre los cerezos.
Mi último día en Osaka ya es de recoger las cosas, hacer el check-out en el hotel y dirigirme a coger el tren bala a la estación de Shin-Osaka. Qué nervios, qué expectación… había leído tanto de la puntualidad de este tren, que estuve en la estación con bastante tiempo de antelación, tanto que decidí cambiar mi billete a uno más pronto. Así iba a legar un poco antes de Kyoto. El trayecto desde Osaka es cortísimo y casi no te da tiempo a percibir la velocidad que coge el tren, tan sólo 15 minutos después ya te plantas en la estación central de Kyoto.
DíaS 3-5: KYOTO, LA CUNA DE LA TRADICIÓN
Llegué a la estación central de Kyoto a mediodía y tras comprar el abono del transporte (fue facilísimo) me dirigí a mi hotel, el Vessel Hotel Campana Kyoto Gojo, situado en una de las avenidas principales de la ciudad. Al día siguiente tenía contratada una excursión de día completo, así que esa primera tarde tenía que aprovechar el tiempo extra que había ganado al cambiar mi ticket del Shinkansen. Así que, sin perder un minuto, puse rumbo hacia Gion, donde ya percibí que no iba a ser tarea fácil moverse debido a la cantidad de gente. El puente de Gion Shinbashi, un precioso enclave donde confluyen varias de las calles del barrio junto al canal Shirakawa, estaba abarrotadísimo de grupos haciéndose fotos, y no es para menos pues los cerezos caen sobre el agua casi rozándola. Salí huyendo por las calles aledañas, más silenciosas, salpicadas de tranquilos salones de té y pequeños hoteles tradicionales (ryokan) con jardines zen, puros remansos de paz. Éste es el barrio de las geishas y pude ver algunas con hermosos kimonos, pero la mayoría eran turistas occidentales vestidas, o disfrazadas a su manera, de geishas. No llegué a entender esta moda, pero a los japoneses parece no importarles esta intrusión festiva en una de sus más ancestrales tradiciones.
Seguí camino hasta el Santuario Yasaka. ¿Qué diferencia un templo de un santuario en Japón? Los santuarios son sintoístas y los templos budistas.
🏯LA RELIGIÓN EN JAPÓN
La religión autóctona de Japón es el sintoísmo, que coexiste en armonía con el budismo, llegado desde el Asia continental. La mayoría de la población no se identifica sólo con una, sino con las dos (sincretismo).
El sintoísmo es la religión de este mundo, de lo tangible, y se caracteriza por el culto a dioses que evocan la naturaleza (árboles, rocas, montes). Los lugares de culto son los santuarios reconocibles por las puertas torii rojas – la entrada al mundo espiritual -, los guardianes en forma de perro o zorro, y la fuente de agua donde los visitantes se purifican antes de entrar. El budismo es la religión del más allá, se centra en el alma, la introspección y la búsqueda de la iluminación. Sus templos suelen tener pagodas, grandes campanas y estatuas de Buda que invitan al silencio y la meditación.
Los japoneses suelen celebrar nacimientos y bodas con ritos sintoístas (enfocados en la vida y naturaleza), mientras que los funerales son budistas (enfocados en el alma y la muerte). Por eso se dice «los japoneses viven sintoístas y mueren budistas».
El complejo de Yasaka es tan grande que parece una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Entre el santuario, el parque y los jardines japoneses, uno puede pasar horas sin darse cuenta del tiempo. Desde allí, el camino se vuelve cada vez más fotogénico hasta desembocar en Ninenzaka y Sannenzaka, dos de las calles más populares de la Kyoto antigua. Ambas están en pendiente, siempre llenas de gente, y flanqueadas por casitas de madera, salones de té, tiendas de matcha, dulces japoneses y souvenirs que van desde lo precioso hasta lo absolutamente kitsch. Todo ello bajo la mirada constante de la pagoda Hōkan-ji, que aparece y desaparece entre los tejados, la gran protagonista del barrio. En esta zona podrías perderte durante horas: hay templos y santuarios desperdigados por la ladera, cada uno con su propia historia y su propio rincón de calma.
Volver a bajar a la ciudad es pasar de la calma, la espiritualidad y la historia, de nuevo al bullicio y modernidad. Las calles Kawaramachi-dori y Shijo-dori son dos de las arterias comerciales más importantes de Kyoto, ambas son larguísimas, con unos curiosos techados iluminados de noche, y es donde se encuentran las principales tiendas y centros comerciales. Los pasos de peatones en el cruce de ambas calles no tiene nada que envidiar al de Shibuya en Tokyo. Aquí puedes probar unas deliciosas gyozas en Chao Chao Gyoza, pasear por las orillas del río Kamo, admirar los cerezos en el precioso canal Takase, curiosear las tiendas (me volví loca en el centro comercial BAL donde descubrí al maravillosa tienda Today’s Special), o acabar cenando en cualquiera de las tabernas del callejón Pontocho Alley. O acercarte al Nishiki Market, un mercado cubierto de 400 metros. Esta zona da para mucho!
Al día siguiente pagué mi falta de preparación en este viaje, había reservado un tour guiado de día completo para ir a Nara, Arashiyama y Fushimi Inari. Si buscáis las tres cosas en un mapa veréis que no pueden estar más distantes entre sí, en extremos opuestos. Si hubiera investigado un poco más, habría descubierto que se puede llegar fácilmente a los tres en transporte público, lo que me habría dado más flexibilidad, elegir uno para ir temprano, evitar multitudes, quedarme más tiempo o ir a otro a la caída de la tarde. Lo positivo: no tuve que preocuparme por nada, la guía era encantadora, nos explicó un montón de cosas y ajustó la ruta según el pronóstico del tiempo, empezando por Nara para esquivar la lluvia. Lo negativo: nos comimos las muchedumbres y sólo pudimos disfrutar parcialmente de cada lugar. Y, por supuesto, no pudimos evitar el diluvio universal que nos cayó encima cuando ya estábamos en Arashiyama.
NARA. Está tan al sur de Kyoto que a veces incluso se llega mejor desde Osaka. Fue la capital medieval de Japón y conserva una cantidad impresionante de templos y espacios naturales. Su parque alberga más de 1.500 ciervos, considerados mensajeros divinos de la deidad Takemikazuchi. Por eso son sagrados y están protegidos. Puedes comprar galletas para darles de comer, pero ojo: aunque parecen dóciles, son animales salvajes y pueden perseguirte y acosarte si creen que llevas más comida. Lo más curioso es que hacen reverencias para pedirte los snacks; no es instinto, sino una conducta aprendida tras siglos de convivencia con humanos. Por desgracia, sólo pudimos quedarnos en la primera zona del parque, cerca del aparcamiento.
ARASHIYAMA. Fue el lugar de veraneo del emperador y de la corte. Destaca el puente Togetsukyō (puente que cruza la luna), los bonitos cerezos que bordean el río, el parque Iwatayama donde hay monos (no llegamos) y el bosque de bambú que no es más que un camino que lleva al templo de Tenryū-ji y que se ha vuelto tan viral que es imposible pasear con tranquilidad. Aquí empezó a llover con fuerza y me refugié en el diminuto pero maravilloso café ARABICA Kyoto Arashiyama.
FUSHIMI INARI. Cuando llegamos, el diluvio ya era épico. Este santuario sintoísta se extiende por la ladera de una montaña y para recorrerlo hay que atravesar más de 10.000 puertas torii y subir más de 1.200 escalones. Fue, sin duda, el fail del viaje por la cantidad de gente que había y la lluvia, sólo se veían paraguas, ahora sé que se puede llegar en tren y que está abierto 24 horas, así que podría haber ido por mi cuenta, evitar la masificación y la lluvia, y disfrutarlo con calma. Pero bueno, también forma parte del viaje aceptar que no siempre se acierta.
Al día siguiente ya me iba a mover a Tokyo así que aproveché la mañana para desayunar cerca del hotel, en Walden Woods Kyoto, adentrarme en el enorme templo Higashi Hongan-ji y dirigirme ya a la Estación Central para tomar el Shinkansen.
DíaS 5-10: TOKYO, EL FUTURO EN TIEMPO REAL
Tokyo abruma. No hay otra forma de decirlo. Es tan enorme, tan intensa y tan llena de estímulos que al principio no sabes ni por dónde empezar a abarcarla. Es una de las metrópolis más pobladas del planeta, más de 37 millones de personas, que se dice pronto, así que lo primero que tienes que asumir es que no vas a verlo todo. Ni aunque vivieras allí. Tokyo no se “abarca”: se explora por barrios, como pequeñas cápsulas de mundos distintos que conviven dentro de la misma ciudad. Intentar ver cosas sueltas alejadas entre sí sólo te garantiza jornadas eternas y un cansancio monumental.
Antes de seguir, un consejo importante: si viajas a Tokyo desde Kyoto en el Shinkansen procura reservar asiento a la izquierda en la ventana, sólo así tendrás la posibilidad de ver el Monte Fuji (si se deja ver, que no siempre sucede). Estate muy atento porque te aparecerá de repente al salir del túnel antes de pasar por la ciudad de Fuji, más o menos a 1 hora 24 minutos después de haber salido de Kyoto en el tren Nozomi (el que para en Nagoya, Yokohama y Shinagawa). Es un instante fugaz, pero inolvidable.
En cuanto al alojamiento, Tokyo tiene barrios para todos los gustos: modernos, tradicionales, tranquilos, vibrantes, nocturnos, comerciales, residenciales… Lo importante es fijarse en las estaciones cercanas y en las conexiones con trenes y aeropuertos. La buena noticia es que prácticamente toda la ciudad está muy bien conectada, y cruzarla de punta a punta —por ejemplo, de Asakusa a Shibuya— puede llevar entre 30 y 45 minutos, dependiendo de la línea y la hora. Tokyo es grande, sí, pero también es sorprendentemente eficiente. Yo me quedé en Ginza, en el hotel Lyf Ginza, muy bien ubicado, moderno, funcional y con una zona común grande y muy práctica, pensada tanto para socializar como para trabajar cómodamente.
Teniendo cinco días en Tokyo —que en realidad fueron cuatro, y tres si cuento el día de excursión en el que salí de la ciudad— tuve que apretar muchísimo todo. Ahora, viéndolo con perspectiva, entiendo perfectamente la paliza monumental que me di. No era casualidad que cada noche volviera al hotel literalmente muerta, arrastrándome por los pasillos del metro en busca de un ascensor. Tokyo exige energía, y contando los viajes que ya llevaba a las espaldas desde hacía cuatro meses, yo llegué con la batería justa. Dedicarle más días a la capital nipona es casi obligatorio si quieres disfrutarla con calma. Quizá en una segunda visita a Japón ya puedas permitirte una estancia más pausada, de una semana o incluso diez días, para saborearla sin prisas, sin esa sensación de estar corriendo detrás de la ciudad. Hay algo importante que no se suele mencionar: Japón se despierta tarde. Paradójicamente, para ser un país tan eficiente, muchos sitios no abren hasta las 10 o incluso las 11. Yo salía del hotel temprano para aprovechar el día, pero al caer la tarde —cuando se supone que Tokyo está en su máximo apogeo, con sus luces, sus neones y su energía nocturna— yo ya estaba lista para irme a dormir. Mi ritmo biológico y el de la ciudad no terminaron de sincronizarse.

DÍA 1: ASAKUSA, UENO Y AKIHABARA
Estos barrios quedan en la zona noreste de Tokyo, y la verdad es que no pueden ser más diferentes, apenas a unas paradas de metro. Asakusa es tradición, incienso y madera antigua; Akihabara es neón, electrónica y mundos paralelos.
Asakusa tiene algo de puerta de entrada al Japón más clásico. El epicentro del barrio es el templo Sensō-ji, el más antiguo de Tokyo. Allí el bullicio se mezcla con el sonido de las campanas, el humo del incienso y la gente purificándose con agua antes de entrar. Junto al templo, la calle Nakamise-dori es un festival de olores y colores: tiendas de dulces tradicionales, abanicos, galletas recién hechas, amuletos, yukatas, souvenirs de todos los tipos. Es turística, sí, había momentos en que no sabías por donde avanzar, pero también encantadora. Y a su alrededor, por las callejuelas laterales, hay multitud de bonitos cafés, tiendas de artesanía y un ambiente mucho más local. Muy cerca está Sumida Park, una pequeña zona ajardinada a orillas del río Sumida, con la Tokyo Skytree (la torre de telecomunicaciones sin apoyos más alta del mundo), desafiante al otro lado.
Desde Asakusa se puede llegar caminando a Ueno Park, atravesando calles auténticas japonesas, donde no se pierde ningún turista. Ueno debería ser un remanso de paz, pero durante la época de la sakura es un hervidero de gente, que creo que ya la pillé en sus últimos momentos porque no me pareció tan espectacular como había previsto. En este parque está el zoo y los museos más importantes de la ciudad: el Museo de Ciencias Naturales, el Museo Nacional de Tokyo, Museo de Arte Metropolitano, Museo Real de Ueno y el Museo Nacional de Arte Occidental. Normal que aquí confluya mucha gente. Demasiada. El templo Benten-dō se alza en una isla en medio del estanque, Shinobazuno Pond, rodeado de puesto de comidas. Aquí es donde se pueden alquilar los populares botes a pedal con forma de cisne. Muy idílico.
Desde aquí, dirigiéndote ya hacia el sur y bordeando las vías del tren, se encuentra el Ameyoko market, donde puedes comprar prácticamente de todo. Y ya, a unos 15 minutos a pie más al sur, sólo queda llegar a Akihabara Electric Town, el templo de la electrónica y la cultura otaku de Tokyo, anime, manga, videojuegos, merchandising y cosplay, muchos edificios enteros están dedicados a estas aficiones, planta por planta, junto salones recreativos de todo tipo de juegos. Es uno de esos lugares que no se parecen a nada, como entrar en un videojuego futurista, el Japón que todos tenemos en mente: un estallido de luces, pantallas, tiendas infinitas y mucha gente. Me llamó la atención ver a chicas por toda la calle intentando atraer clientes a los maid cafés, donde las camareras van vestidas de sirvientas kawaii y te reciben con rituales y canciones.
DÍA 2: SHIBUYA, HARAJUKU, TAKESHITA Y SHINJUKU
Éste es uno de esos días en Tokyo que parecen fáciles sobre el papel y luego, cuando te pones a trazar la ruta, te das cuenta de que no hay un orden perfecto. Son cuatro barrios enormes, cada uno con su propia personalidad, y todos merecen tiempo. Así que, sí, es dificilísimo elaborar un plan sin sentir que te dejas algo fuera. Empezar por Shibuya estaba prácticamente decidido desde el momento en que tenía entrada para el mirador Shibuya Sky a las 12:00. La entrada aquí no es negociable en cuanto a horario, así que condiciona toda la estructura del día. Este barrio es intenso, pero por la mañana aún no está en su punto máximo de locura, así que se disfruta más. Atravesé el famoso cruce y subí a la azotea del Mag’s para verlo desde lo alto, vi la estatua del perro Hachiko – es una celebridad en este barrio -, y me dejé llevar por todos los estímulos que tenía allí a mi alcance. Un poco antes de la hora reservada me dirigí a subir al Shibuya Sky, intenté adelantar un poco mi acceso pero no hubo manera de convencerles, así que hice tiempo en el enorme rascacielos que contiene, como no, un centro comercial. Una vez ya sí pude acceder, la experiencia es de verdad algo impresionante, ya sólo subir en el ascensor inmersivo y salir al aire libre con la inmensidad de Tokyo a tus pies, es algo abrumador. 360 grados de vistas inacabables, hasta se divisaba a lo lejos el Monte Fuji. Todo parecía diminuto, los coches, la gente, los trenes,… de juguete. Puedes pasar el tiempo que quieras allí, es una auténtica barbaridad. Me dio pena no haber podido reservar para el atardecer, fue imposible, estaba todo vendido para todos los días de mi estancia. Me paré a comer algo antes de seguir mi ruta hacia Harajuku.
Harajuku es un pequeño paraíso para quien disfruta del diseño, la moda independiente, los cafés con encanto y ese ambiente íntimo y relajado, casi europeo, que parece imposible en una ciudad como Tokyo. Cat Street es el corazón de este Harajuku alternativo: un auténtico laboratorio de tendencias donde nacen ideas que luego se expanden por toda la ciudad. Aquí conviven tiendas de skate, marcas japonesas de culto, boutiques minimalistas y pequeños estudios de diseño que parecen galerías de arte. No puedes dejar el barrio sin entrar en The Little Bakery: un local precioso, con estética “american style”, donde todo huele a mantequilla y a horno recién encendido. Sus bollos, tartas y cookies son un peligro delicioso.
Omotesandō es, en esencia, los Champs-Élysées japoneses, pero con un toque mucho más minimalista y contemporáneo. Es una avenida ancha y arbolada, con una arquitectura espectacular, que parece diseñada para pasear sin prisa, mirar escaparates como si fueran obras de arte y dejarse envolver por una estética muy cuidada. De aquí llegas sin casi esperarlo a Takeshita Street, la calle más joven y pop de Tokyo. Todo es color, azúcar, moda extrema, peinados imposibles, accesorios gigantes y el kawaii llevado al extremo.
Una de las cosas que más me llamó la atención en Takeshita es que, en apenas 350 metros, llegué a contar ocho cafés de animales. Y no hablo sólo de perros o gatos: también había búhos, nutrias, cerdos, conejos, mapaches, erizos… una colección casi surrealista de criaturas en locales diminutos. Dicen que la vida en Tokyo es tan estresante y los pisos tan pequeños que mucha gente que no puede tener mascota busca desestresarse interactuando con estos animales, acariciándolos y jugando con ellos durante un rato. Pero al mismo tiempo existe un debate real sobre su bienestar, especialmente de las especies que no están adaptadas a la manipulación constante ni a vivir en espacios reducidos, sin luz natural ni ventilación, rodeados de ruido, flashes y un flujo interminable de visitantes. Cuando lo vi tan concentrado en una sola calle, me dio mucha pena. Incluso me arrepentí de haber ido en Osaka a jugar con los samoyedos, pensando que era algo puntual y no parte de un modelo mucho más extendido.
Puedes seguir caminando hacia el norte hacia Shinjuku, o como yo si estás ya cansada, coger un bus (la tapicería de los buses son alegres animalitos kawaii). Shinjuku es un barrio que vive de noche. Sus luces, sus rascacielos, sus callejones, sus bares diminutos… todo cobra vida al caer la tarde. Así que dejarlo para el final fue lo más lógico. Llegué ya casi cuando estaba oscureciendo y me dirigí al callejón Omoide Yokochō (el callejón de los pasos perdidos) antes de que se abarrotara para cenar. ¿Qué hay en Shinjuku? Es como una pequeña ciudad en sí misma, seguramente tus pasos – y la muchedumbre – te llevarán hasta la pantalla del gato 3D o la cabeza de Godzilla asomando entre los edificios, y dos barrios para salir de noche pero con un ambiente totalmente distinto: Golden Gai es un microbarrio formado por seis callejuelas estrechísimas donde hay varios locales diminutos para tomar una copa y tener una conversación. Y el cercano Kabuchiko todo lo contrario, para salir de fiesta desenfrenada.
No olvidéis un dato, la estación de Shinjuku es una de las más grandes y complicadas, no en vano ostenta el récord Guinness de ser la estación de tren más concurrida del mundo. Además se puede confundir con Shinjuku-sanchome, Seibu-Shinjuku y Shinjuku-nishiguchi, estaciones hermanas que comparten apellido y que, para hacerlo aún más divertido, están conectadas por túneles subterráneos. Allí se cruzan más de 20 líneas de diferentes transportes. Encontrar tu tren, conexión o la salida adecuada es casi un reto. Un auténtico escape room urbano. Yo todavía no sé cómo sobreviví allí sin ningún percance. De hecho, lo más surrealista fue cuando unos turistas americanos, completamente perdidos, se acercaron a preguntarme indicaciones a mí. A mí! No sé qué cara de seguridad transmití en ese momento, pero me dijeron que era la única persona que les había entendido. Y allí estaba yo, guiándolos con una convicción que no sentía en absoluto, como si Shinjuku fuese mi barrio de toda la vida.
Terminé el día volviendo a Shibuya. No podía marcharme de Japón sin ver ese famoso cruce de noche, con las luces y la energía de las pantallas en pleno esplendor. Lo mejor es que desde el piso 12 del Shibuya Scramble Square —el mismo edificio donde está Shibuya Sky— tienes una vista espectacular del cruce y de la ciudad a través de un ventanal enorme… y completamente gratis. Tip gratis que te regalo! 😉
DÍA 3: EXCURSIÓN A KAMAKURA, BUDA GIGANTE Y MONTE FUJI
El tercer día en Tokyo salí de la ciudad hacia el sur en una excursión organizada por Amigo Tours, con Lorenzo como guía en español. Cruzamos el célebre Rainbow Bridge y, tras pasar por Kawasaki y Yokohama, llegamos a Kamakura. Allí hay un cruce de tren muy famoso entre los amantes del anime —el de Slam Dunk— aunque yo, sinceramente, no lo había oído en mi vida. Nuestro destino era el Templo Kōtoku-in, donde se encuentra la segunda estatua de Buda sentado más alta de Japón. Kamakura, además, es conocida por sus playas perfectas para el surf. Esta ciudad pertenece a la prefectura de Kanagawa, nombre que seguramente os suene por la obra de Hokusai, La gran ola de Kanagawa.
Desde allí, bordeando la costa, nos dirigimos a la ciudad montañosa de Hakone, donde tomamos un barco por el Lago Ashi. El tiempo era desapacible: viento, lluvia y un cielo gris que hacía la travesía poco agradable. A lo lejos se intuía el enorme Torii de la Paz, emergiendo del agua, pero del Monte Fuji, ni rastro. En un día normal debería verse sin problema. Continuamos en autobús por serpenteantes carreteras de montaña hasta el pequeño pueblo de Oshino, donde paramos a comer. Allí el cielo empezó a abrirse y pudimos ver, por fin, las cimas nevadas del Fuji. Dicen que si lo consigues ver en una primera visita a Japón tendrás suerte en la vida. Yo ya lo había visto desde el tren llegando a Tokyo y muy lejanamente desde la azotea del Shibuya Sky, así que espero esa suerte! La ruta terminó en el bonito Parque de Oishi, lleno de flores y con el monte presidiendo el paisaje al otro lado del lago. Allí probé el helado de sakura antes de emprender el regreso a Tokyo, a donde entramos atravesando la ciudad por las futuristas autopistas elevadas que la cruzan muy eficientemente.
Como curiosidad —ya sabéis que soy fan de las señales peculiares— en toda la carretera costera de Kamakura aparecen unas señales que advierten de que, en caso de terremoto, la vía puede cerrarse para emergencias. Van acompañadas de un pez remo, porque según la leyenda japonesa los terremotos se producen por los movimientos de este animal, que habita en las profundidades.
Y en las carreteras de montaña de la zona, otra sorpresa: señales que alertan de monos en libertad.
DÍA 4: GINZA Y EL COMPLEJO DEL PALACIO IMPERIAL
Mi último día completo iba a dedicarlo al enorme Parque del Palacio Imperial, al menos a la parte pública, que incluye los Imperial Palace East National Gardens, las ruinas del antiguo Castillo Edo, las puertas monumentales en los muros de piedra —Ōte-mon, Nakanomon, Kita-hanebashi-mon—, los jardines impecablemente cuidados, las torres de defensa y el foso que rodea todo el recinto. Junto a los jardines de Kokyo Gaien, plagados de pinos negros japoneses y enmarcados por rascacielos, se encuentra la residencia oficial del emperador. Un oasis colosal en medio de la bulliciosa Tokyo. Necesitaba un poco de paz: caminar sin prisa, contemplar las flores, comer un onigiri en un banco a la sombra… Después de tantos días de locura audiovisual, el cuerpo —y sobre todo la mente— te piden un descanso. Lo bueno de esta visita es que puedes complementarla con Ginza, que queda justo a la salida del parque.
Ginza es el barrio más lujoso y elegante de Tokyo, el paraíso de las grandes marcas, pero también un escaparate de la arquitectura más vanguardista. Edificios como Wako, Ginza Six, Mitsukoshi o Ginza Place mezclan tradición y modernidad con una naturalidad pasmosa. El Tokyo International Forum, una enorme estructura de acero y cristal, es uno de los más emblemáticos. A diferencia de Shibuya o Shinjuku, en Ginza todo es más ordenado, silencioso y refinado. Impresiona por su limpieza, amplitud y estética cuidada. Las avenidas como Chuo-dori se llenan de peatones los fines de semana cuando cierran al tráfico. Aquí se encuentran las flagships de muchas marcas de lujo, pero también otras más accesibles: Uniqlo (12 plantas – los precios en las tiendas Uniqlo de Japón, presente en todos los barrios, son más bajos que en el extranjero, y eso sumado al valor del yen lo convierte en un chollo. Ojo, el tallaje es menor que en Europa, puede que necesites hasta 2 tallas más, aplicable a otras tiendas y marcas), Muji (6 plantas), Beams, Itoya (10 plantas dedicadas a la papelería), Tsutaya Books (una planta entera de librería en Ginza Six), GU, Loft, Hands… aquí lo encuentras todo.
Un poco más lejos, ya hacia el río Sumida, está el Fish Market de Tsukiji, la antigua lonja donde se celebraban las subastas de atún y donde los chefs buscaban el mejor pescado fresco. Tras el traslado de la lonja, queda el Outer Market, lleno de puestos para callejear y comer. No pude acercarme; no me cuadró. Y, siendo sincera, tampoco creo que fuera algo imprescindible: la esencia de ese mercado era la lonja y sus subastas.
EXTRA PARA HORAS SUELTAS: TOKYO TOWER Y MEGURO
Si tienes horas sueltas, por ejemplo una tarde el día de llegada o una mañana el día de regreso, puedes dedicarle tiempo o bien a compras o la Tokyo Tower y el Parque Meguro junto al río.
La Tokyo Tower fue diseñada intencionalmente inspirándose en la Torre Eiffel de Paris, simbolizando el resurgimiento de Japón como potencia económica tras la Segunda Guerra Mundial. Dicen que no vale mucho la pena pagar la entrada para subir, ya que lo mejor es verla a ella misma desde distintos puntos de la ciudad. por supuesto gana mucho verla al anochecer ya que está completamente iluminada. Un punto muy popular para verla en todo su esplendor es bajo el Puente Akabane o desde este 7Eleven. A mí me impactó mucho más verla asomar entre los edificios – sólo así eres consciente de su tamaño – por la avenida que baja desde Azubadai hacia Akabanebashi.
El barrio de Meguro no sólo tiene uno de los mejores y más tranquilos promenades para ver los cerezos, también es uno de los más agradables de Tokyo: cafés bonitos, tiendas de diseño, ambiente joven y relajado, coqueto, sin pretensiones. Si llegas a la estación Naka-Meguro tienes que caminar junto al río en dirección sur unos 25 minutos para encontrar las mejoras vistas de la sakura.

🎌 Reflexión final: Japón como experiencia transformadora
Me lo habían advertido y pude comprobar que es cierto: cuidado con Japón, que engancha!! Todavía me quedaban días de estancia allí y ya estaba pensando cuándo volver. Es obvio que un primer viaje a Japón te impacta y te transforma; no estamos preparados para el tremendo choque cultural que supone. Destacaría por encima de todo que especialmente es debido a la enorme educación de la gente, siempre servicial, siempre mostrando gratitud. La educación es la base de su cultura y eso se refleja en todo lo demás, en la limpieza, en el orden, en la organización, en el civismo, en la prioridad por el bien colectivo. Por eso cuando vuelves a tu lugar de origen todo te parece ordinario, sucio, ruidoso… Dicen también que tardas tiempo en dejar de pensar en Japón, que sigues con las musiquitas del metro, de los semáforos o de los konbinis en tu cabeza, que esperas encontrar un trozo de Japón en tu ciudad, por eso buscas películas japonesas, restaurantes japoneses, quieres que esas sensaciones que has descubierto en Japón perduren.
Es un país que te sorprende a cada paso, no sólo por lo evidente —los templos, los cerezos, los neones, los santuarios— sino por la forma en que todo convive sin chocar: lo antiguo con lo futurista, lo caótico con lo silencioso, lo ritual con lo cotidiano. No se parece a ningún otro, te hace sentir lejos, pero de una forma extrañamente cómoda. Y cuando te vas, te queda esa mezcla de nostalgia y fascinación que sólo dejan los lugares que te han tocado de verdad.
RECOMENDACIONES FINALES
No es raro acabar comprando una maleta extra para traer todas las compras. De hecho, es bastante habitual porque las maletas en Japón son sorprendentemente baratas. El mejor sitio, sin ninguna duda, es el bazar AKKY Store en Akihabara. La gente literalmente arrasaba con ellas! También puedes encontrar bolsas plegables, pequeñas maletas y muchas cosas prácticas en 3-Coins.
Tax-free. Como extranjero puedes recuperar los impuestos a partir de cierto importe. Hasta ahora aplicaban el descuento directamente en caja, pero esto está cambiando: a partir de ahora tendrás que pagar el precio completo y recuperar el impuesto en el aeropuerto al marcharte. Es un proceso más engorroso, así que conviene guardar todos los tickets y prever un poco más de tiempo antes del vuelo.
Cuenta con hacer unos 30k pasos diarios (unos 20km), en los konbinis podrás encontrar pequeñas botellas con remedios para el cansancio, también para el estreñimiento, el jet-lag y la falta de sueño. Un gran aliado son los parches para piernas y pies cansados, se aplican por la noche y te levantas como nuevo!
Para entrar en Japón no necesitas visado, pero sí debes rellenar un formulario en la app Visit Japan. Al completarlo, se genera un código QR que agiliza muchísimo la entrada al país. El pasaporte te lo sellarán a la llegada (con una pegatina preciosa), pero no a la salida. Asegúrate de que tu pasaporte tenga al menos 6 meses de validez.
No olvides contratar un seguro de viaje que incluya también cancelación, por si surge alguna emergencia médica o pérdida de equipaje.
La conectividad en Japón es excepcional, pero cara. Aunque hay wifi en casi todas partes, conviene tener datos desde el primer día. Puedes comprar una SIM local, contratar una eSIM tipo Holafly o usar algún bono de roaming de tu operadora.
Lleva siempre algo de dinero en efectivo, ya sea desde España o sacándolo allí en un cajero. Lo necesitarás para pequeños mercados, puestos callejeros, restaurantes tradicionales, templos y santuarios, máquinas expendedoras antiguas o para recargar tu Suica o Pasmo. Recuerda que en los konbinis también puedes pagar con el saldo de tu Suica. Ah, y no olvides que dar propina se considera ofensivo.
Arigato gozaimasu si has llegado hasta aquí! Gracias!




























































































































































