Pues sí, he vuelto a Svalbard. Hay lugares que te atrapan, y este archipiélago remoto tiene ese efecto en mí: un magnetismo especial que me llama una y otra vez. La primera vez estuve en pleno verano, en julio de 2024; este año, en marzo, volví a pisar estas latitudes tan extremas. Sólo me quedaría vivir la pura noche polar de un diciembre… no descarto nada!
Mi visita anterior fue bajo el sol de medianoche, cuando los días se estiran sin fin y todo parece brillar con una luz casi irreal, paisajes luminosos y radiantes. Llegamos entonces hasta el paralelo 80ºN, el punto más al norte al que he llegado —y probablemente llegaré— en mi vida. Podéis revivir la experiencia aquí…
Esta vez, sin embargo, la elección de la fecha no fue casual. El 8 de marzo se celebra en Longyearbyen el regreso del sol, un momento simbólico y emocionante para quienes aman el Ártico. José, Maite y yo teníamos clarísimo que queríamos estar allí ese día, así que empezamos a buscar opciones para viajar justo en esas fechas. No es sencillo: muy pocos operadores organizan viajes tan temprano – el verano es allí la gran temporada turística. Aún así, hay algunos que mantienen actividad en invierno y primavera, adaptando las rutas y las actividades a la escasez de luz y a la nieve. Después de comparar varias alternativas, nos decidimos por una agencia española, que ya teníamos en el radar desde el año pasado, cuando organizaron un viaje justo en este mismo periodo. Espera, que te cuento más adelante!
Y allá que fuimos, de nuevo rumbo al Ártico, a ese lugar que siempre parece estar esperándome. Viajar a Svalbard a principios de marzo tiene algo muy especial: es un momento en el que conviven dos mundos a la vez. La luz y la oscuridad se reparten el día, los cielos se tiñen de naranjas y rosas imposibles, y las noches siguen siendo realmente oscuras. Es un contraste precioso, casi poético, que solo se da en este breve intervalo del año. Eso sí, no todo es magia. Marzo es también el periodo de peores condiciones meteorológicas: la mayor acumulación de nieve, ventiscas repentinas, tormentas que aparecen sin avisar y vientos que rozan lo huracanado. Sobre el papel puede sonar exagerado, pero en la realidad es un entorno muy, muy extremo, de esos que obligan a cerrar el aeropuerto, aíslan el archipiélago y te recuerdan que aquí manda la naturaleza. No es, desde luego, la época más recomendable para un primer viaje al Ártico, pero para quienes ya hemos conocido este lugar en verano, volver en marzo es como descubrir otra cara del mismo universo.
Dimos buena cuenta de esas condiciones adversas durante una expedición en moto de nieve; creedme que aún llevo el susto metido en el cuerpo. Es una sensación extraña, difícil de explicar, y que ha ido cambiando desde que regresé. Al principio era una mezcla de adrenalina, miedo, pánico, cansancio y una vulnerabilidad absoluta. Con el tiempo, esa mezcla se ha ido asentando y ahora lo veo con otros ojos, con orgullo: al final, te das cuenta de lo diminutos que somos frente a un entorno así. Ya desde el sofá de mi casa vuelvo a ver los vídeos y las fotos y me pregunto cómo pude sobrevivir a aquello sin bloquearme, sin quedarme paralizada. Pero hay algo que surge dentro de ti en esos momentos de pura supervivencia, una especie de instinto primitivo que te empuja a seguir, a avanzar, a no rendirte aunque el viento te golpee la cara y la nieve te borre el horizonte. Pero no quiero adelantarme. Lo contaré con detalle más adelante, porque merece ser contado paso a paso, tal y como lo vivimos.
Éste es un resumen en cifras del viaje:
Siempre digo que hay lugares que puedes perfectamente hacer a tu aire, pero hay otros que no, que es prácticamente imposible, Antártida sería uno, pero pienso que Svalbard también. Y no es que no puedas comprar unos vuelos, plantarte allí, contratar tú mismo actividades con operadores locales y hacerte tu propio paquete, por supuesto que puedes, PERO:
- No podrás salir de Longyearbyen sin un guía armado, y eso condiciona muchísimo tu estancia.
- Las condiciones meteorológicas van a ser la clave para el desarrollo del viaje, y si has reservado todo por tu cuenta, prepárate para cancelaciones, cambios de última hora y reajustes constantes. Un quebradero de cabeza. La tranquilidad de que alguien te lo gestione y te ofrezca siempre la mejor alternativa… no tiene precio.
- Y por último, los precios que consiguen las agencias expertas que llevan años trabajando allí no son los mismos que puedes obtener tú reservando suelto: ni en alojamientos, ni en actividades.
No me enrollo más. ¿Con quién hicimos el viaje? Con COORDENADAS REMOTAS, agencia de Zaragoza que se dedica a viajes de aventura. Contactamos con Miguel un año antes, justo cuando estaba realizando el viaje a Svalbard de 2025. Eso nos permitió ir perfilando el programa casi a medida, hasta que, una vez publicado, se apuntó más gente. De hecho, fuimos un poco los conejillos de indias: por primera vez se aventuraban a dormir una noche fuera de Longyearbyen en una expedición al este. Había actividades que teníamos fichadas de otros años y queríamos hacer —como el rompehielos que te permite bajar al hielo en mitad del mar—, pero este año no estaba disponible. Aun así, todo lo demás cumplió… y superó nuestras expectativas.
Nos alojamos en la pensión Haugen Pensjonat Svalbard, sencilla pero muy acogedora, que tiene habitaciones y apartamentos totalmente equipados. Cuenta con una cocina y comedor común, con unas vistas preciosas. En el grupo éramos 11, que nos repartimos todas las habitaciones de una planta y un apartamento.
El paquete de 10 días incluía actividades de todo tipo, siempre dentro de lo que es posible hacer en marzo. Para cualquier actividad fuera de Longyearbyen necesitas moto de nieve sí o sí: en Svalbard no hay carreteras y, aunque en verano puedes moverte en barco, en invierno, con los fiordos congelados, no hay otra opción. Ese era uno de mis mayores temores… y con razón.
Aun así, la ciudad y sus alrededores ofrecen suficientes actividades para unos días. Nosotros, que ya habíamos estado, sabíamos que repetiríamos algunas cosas, como la Bóveda de Semillas. Pero verla en invierno, de noche, toda iluminada, después de haberla visto en verano sin rastro de nieve… es una experiencia completamente distinta.
Esto es todo lo que pudimos hacer:
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Vamos a ir desgranando estas actividades:
Si hubo algo que marcó la diferencia respecto a los anteriores viajes de Coordenadas Remotas, fue sin duda la EXPEDICIÓN A LA COSTA ESTE y la noche en una cabaña completamente aislada, que se hacía por primera vez. Eso significaba empezar el viaje por lo más intenso, casi nada más aterrizar. Salíamos por la tarde, así que por la mañana paseamos tranquilamente por Longyearbyen. Hacía un día magnífico; nada hacía presagiar lo que vendría después. El pronóstico insinuaba algo… pero la realidad fue mucho más dura.
La actividad la organizaba Svalbard Wildlife. En su web podéis ver de qué se trata y fotos de la cabaña prefabricada que cada año trasladan a un pequeño promontorio entre montañas, a medio camino de la costa este. La costa este de Svalbard es salvaje, inhóspita, desprotegida. Aunque está relativamente cerca de Longyearbyen, se tarda unas tres horas en llegar en condiciones normales y es una excursión muy popular para hacer ida y vuelta en un día en moto de nieve. Nuestra expedición, con noche incluida, nos permitía amanecer ya allí, mientras el resto de grupos aún estaban saliendo de la ciudad. Esa ventaja de horas nos regalaba una soledad absoluta.
Sin embargo, todo se torció. El tiempo cambió de golpe y el viento empezó a soplar con una fuerza brutal. Nuestra primera experiencia en moto tuvo pues que ser de noche, con una tempestad de nieve que reducía la visibilidad a cero. Íbamos completamente a ciegas, siguiendo únicamente la luz trasera de la moto que teníamos delante. A la tensión de intentar dominar la conducción, súmale el frío, la oscuridad, la nieve golpeándote la cara y ese miedo que te atraviesa cuando pierdes la única referencia que tienes: la luz de la moto que te precede, esa luz que se convierte en tu faro, tu guía, tu salvavidas. En esos momentos solo podías conducir recto y confiar. Confiar en que no hubiera un precipicio, una roca o cualquier obstáculo escondido bajo la ventisca. Y confiar también en que, si te parabas o reducías la velocidad, no te embistiera la moto que veía detrás sin verte. Lo digo sin dramatismos: sentí miedo por mi vida. Ahora, desde la comodidad y ya sabiendo lo inmenso que era el valle y lo plano del terreno, sé que no había peligro real. Pero entonces no lo sabías. No habías estado allí antes. No veías absolutamente nada.
Lo que habrían sido unas tres horas en condiciones normales se convirtieron en cinco, incluyendo una parada para refugiarnos en un pequeño cañón con una impresionante cascada congelada. Allí cenamos uno de los famosos sobres de comida liofilizada y bebimos un reconfortante sirope dulce caliente. Desde ese punto hasta la cabaña fue la parte más complicada: la tempestad se intensificó y había que llegar como fuera. Al aparcar junto a la casita empezaron los procedimientos logísticos: descargar todas las cajas con los víveres, nuestros sacos y el material, y repostar gasolina a las motos, tarea en la que José casi pierde los dedos. Cuando por fin estuvimos a cubierto, nos miramos unos a otros con una mezcla de alivio y agotamiento. Estábamos vivos. Estábamos a salvo. Rebozados en nieve compacta, temblando, pero enteros.
La cabaña es una casita prefabricada, como un pequeño contenedor de forma rectangular con capacidad máxima para seis personas muy bien avenidas. Cada año la traen remolcada con motos de nieve y la instalan para una temporada bien corta, sólo marzo y abril, cuando todavía hay nieve para poder llegar en moto y hay algo de luz para explorar. Por dentro es sorprendentemente amplia, tiene un pequeña cocinita, una estufa de parafina que calienta rápidamente, una zona de perchero para dejar los monos, las botas, los cascos… y un comedor con una mesa larga grande y dos bancos a los lados. Para dormir esa mesa se adapta para crear con los bancos una única superficie plana donde caben tres personas, y justo arriba hay un altillo donde caben otras tres. Y os preguntaréis, y el baño? Pues bien, el baño, queridos amigos, es una pequeña tienda de campaña fuera, a la intemperie. Y es sólo para aguas mayores. Para orinar hay que hacerlo en la naturaleza. Imaginad esa misma noche, con ese temporal de viento y nieve, salir sola con un frontal, en completa oscuridad, con el temor no sólo de caerte por un terraplén – recordad que no se veía absolutamente nada – sino por la posibilidad de encontrarte un oso polar de frente… Ese temor era real.
El viento azotó la caseta durante toda la noche. No sé si mitad sueño, mitad realidad, pero por momentos pensé que una racha fuerte se llevaba el tejado. Al día siguiente el panorama era otro. Con la luz del día pudimos ver dónde estábamos: un inmenso valle, la caseta asentada en un pequeño promontorio rocoso, todo nevado, todo congelado. El tiempo parecía haber mejorado; no había demasiado viento e incluso pudimos volar el dron. Pero, otra vez, todo iba a cambiar. Desayunamos fuerte y charlamos un rato. Resulta que Kaisa, nuestra guía, había sido también nuestra guía en Foxfonna dos años atrás. Ella misma se sorprendió; le enseñamos fotos y recordamos la ruta con su perro Gandhi. Fue un momento precioso.
Aquí dos espectaculares vídeos del dron grabados por Miguel de Coordenadas Remotas, donde se puede apreciar el entorno tan aislado en el que estábamos:
Kaisa y Niklas, el otro guía que estaba en prácticas, nos explicaron el plan del día. En condiciones normales habríamos dedicado la mañana a llegar a la costa, donde hay más posibilidades de ver osos en su hábitat, y ya por la tarde iniciar el regreso. Pero era inviable, y peligroso, adentrarnos más hacia el este: la previsión era mala y corríamos el riesgo de no poder volver. La opción B era iniciar ya el regreso por el mismo camino y, al llegar al cañón, valorar un desvío hacia el Sassenfjorden junto al Tempelfjorden. Fue ahí cuando supimos que esa noche habían cerrado el aeropuerto y desviado vuelos. No pintaba bien.
La vuelta fue peor que la ida. No sólo porque las condiciones eran más extremas, sino porque al menos la noche anterior los faros de la moto te ayudaban a ver por dónde ibas. Ahora era imposible: la visera se llenaba de nieve y escarcha y solo podías intuir una pequeña manchita negra que era la moto de delante. Volvimos a parar en el cañón, ese refugio momentáneo antes de seguir, donde decidimos seguir de regreso a Longyearbyen. Al reanudar la marcha, después de encontrarnos con unos renos, pudimos comprobar la cantidad de nieve caída. La moto del guía, que iba delante, quedó completamente atascada y tuvimos que palear para hacer hueco. Y desde ahí, el terror. Horas y horas de sufrimiento. En un momento dado nos encontramos con una zona de hielo vivo, azul y compacto, en medio de la nieve. Las motos ahí pueden perder el agarre, y eso fue exactamente lo que me pasó: al acelerar, la moto giró sobre sí misma, una vuelta completa, y quedé mirando en dirección opuesta. Tuvieron que venir a socorrerme.
Nos cruzamos con algunas expediciones que inexplicablemente habían decidido salir; supimos después que tuvieron que dar la vuelta. También vimos trineos de huskies, sólo con el musher. Con esa intensa ventisca, donde sólo se les intuían las siluetas, parecían una aparición de otros tiempos, exploradores polares perdidos en el tiempo. Fue algo realmente épico, como si estuviéramos dentro de una película. Cuando empezamos a divisar las luces de Longyearbyen al fondo del valle Adventalen, el cansancio y el miedo se disiparon. Sólo deseábamos llegar. Cuando por fin lo hicimos, agotados, nos felicitaron. Habíamos conseguido regresar sin ningún percance serio, en unas condiciones que —nos dijeron— habían sido excepcionales hasta para ellos. Haber vivido un white out en Svalbard no es poca cosa. Ese fenómeno se produce cuando pierdes completamente el horizonte y la profundidad, todo es blanco a tu alrededor, no hay sombras, no hay nada que te sirva de referencia visual para dar perspectiva, y al ir en moto a cierta velocidad puede generar un efecto túnel. En condiciones muy extremas, conducir así durante horas puede alterar tu equilibrio y producir vértigos y mareos.
Agradecimos que al día siguiente pudiéramos descansar, teníamos el día libre ya que durante esa jornada llegaba el resto del grupo. Recordad que esta actividad de la expedición era opcional, realizada por primera vez con Coordenadas Remotas, y sólo nos apuntamos José, Maite y yo. Así que al día siguiente se iniciaba de forma «oficial» el paquete de viaje.
Las actividades en Longyearbyen son variadas y si no tienes que salir del casco urbano puedes hacerlas por tu cuenta, simplemente caminado o tomando un taxi.
Al día siguiente de regresar de la cabaña fuimos a comer al HUSET. Es el restaurante más exclusivo de la ciudad, famoso por tener una de las bodegas de vinos más grandes del norte de Europa. Lo dirige un chef español, Alberto Lozano, al que conocimos en nuestra visita anterior, en julio de 2024, mientras veíamos a España ganar la Eurocopa. Todos los sábados del año celebran el Saturday Steak, que se sirve de 12:00 a 17:00 en la planta baja, el bistró. Pides tu carne en la barra y luego te sirves libremente en la zona de buffet —patatas, salsas…—. Es muy popular, siempre está lleno y, para los precios de Svalbard, resulta sorprendentemente asequible. El edificio que ocupa el restaurante fue durante décadas el punto de encuentro de la comunidad minera de Longyearbyen; también funcionó como escuela y como cine. De arquitectura singular, se encuentra algo alejado del centro, en la ladera de una loma, con unas vistas espectaculares de todo el pueblo.
El 8 de marzo, puntual a su cita, se celebra en Longyearbyen el regreso del sol, el SOLFEST. En realidad el sol ya ha aparecido antes y puede verse en otras zonas de Svalbard, pero en la ciudad, rodeada de montañas altas, tarda unos días más en asomar. Esa mañana visitamos el Museo de Svalbard, donde se puede conocer de primera mano la historia minera, la geología, la fauna y muchas curiosidades de la vida en el paralelo 80º. Cuando salimos, la gente ya empezaba a reunirse frente a la iglesia, el punto de encuentro para la fiesta del sol. Hacia allí nos dirigimos. Antes de la celebración reparten solskinnsboller (bollos de canela y crema), chocolate caliente y los niños, en la escalera de la iglesia, cantan canciones de bienvenida: “Sol, sol, kom igjen”. Lamentablemente, ese día el sol no se dejó ver, escondido tras las nubes. Aun así, es un momento muy especial para la población, un estallido de alegría después de la larga y difícil noche polar. Después, en el lado opuesto del valle, en la pista de esquí, se celebra el campeonato de trineos, el Solfestuka akekonkurranse: un espectáculo comunitario donde se lanzan por la ladera con trineos decorados, cómicos, creativos, donde hay caídas divertidas, premios y un ambiente festivo que contagia a todo el mundo. Durante la semana del festival, que coincide con el Día Internacional de la Mujer, se organizan distintos actos culturales: lo viven con intensidad, hacen camisetas, chapas y exponen los dibujos que preparan los niños. Ésta fue, sin duda, una de las razones para volver a Svalbard, y el motivo principal para hacerlo en estas fechas.
Una de las visitas obligatorias en Longyearbyen es la BÓVEDA DE SEMILLAS, la Global Seed Vault. Es cierto que lo único que ves es una puerta y una estructura de cemento que se adentra en la montaña, pero la carga simbólica de lo que representa es tan enorme que siempre impresiona. Esta vez, además, pudimos verla de noche. En 2024, bajo el sol de medianoche, hicimos una excursión nocturna que partía de allí —sí, repito, una excursión nocturna bajo un sol radiante—, así que esta vez la experiencia fue completamente distinta. Las luces de su fachada son obra del artista noruego Dyveke Sanne: en verano se generan de forma natural gracias a los reflejos de prismas y triángulos de cristal, espejo y acero; en invierno, la fibra óptica “ayuda” a simular los colores verdes de la aurora boreal. Por cierto, unos días antes de nuestra visita, la bóveda se había abierto para añadir semillas de olivo de España a la colección. Un detalle que nos hizo especial ilusión. Nota: para esta visita sí tienes que ir con guía armado ya que la Bóveda se encuentra fuera de la población, de camino al aeropuerto.
Y sin casi tiempo para descansar, volvimos a embarcarnos de nuevo en otra expedición en moto de nieve, en esta ocasión hacia el Oeste, a BARENTSBURG. Esta vez también fue dura, pero no por las condiciones meteorológicas, sino por la duración del trayecto y las particularidades técnicas que implicaba. Además, con Spitzbergen Adventures, nos tocó un guía especialmente duro de roer, un auténtico “sargento” ártico que, más que acompañarnos y guiarnos, parecía exigirnos una destreza de la que, evidentemente, carecíamos.
Es cierto que en muchos tramos rectos y llanos la visibilidad era excepcional —nada que ver con nuestra expedición anterior— y podíamos coger una velocidad adecuada. Pero en otros íbamos demasiado lentos por la cantidad de nieve acumulada y las avalanchas recientes; en una ocasión incluso tuvieron que parar para despejar el camino. Aun así, como principiantes, nunca nos atrevíamos a circular a la velocidad que nos pedían: cualquier bache o roca podía desestabilizar la moto y hacernos perder el equilibrio. En uno de los valles más bonitos, junto a una manada de renos, vimos por primera vez el sol. Un espectáculo indescriptible. Pero el trayecto fue más de espinas que de rosas: varias motos se hundieron y hubo varias caídas, entre ellas la mía. Ya no era sólo reanudar la marcha con la confianza bajo mínimos, sino el agotamiento de tener que caminar por nieve que te llegaba hasta la cadera para recuperar tu moto donde la dejaban los guías después de rescatarla. Siendo sincera, y para contar tanto lo bueno como lo malo, hubo insultos, cabreos y hasta lágrimas. Estuvimos a punto de no llegar y dar la vuelta: a la velocidad que avanzábamos, los cálculos no salían. Yo entiendo que la función de los guías es, ante todo, velar por nuestra seguridad y cumplir unas normas y unos tiempos —a nadie le gustaría que se hiciera de noche estando tan aislados—. Pero una cosa es ser estricto y otra muy distinta es ser un maleducado que te hace sentir como una incompetente. Justo antes de entrar en Barentsburg hicimos una parada para comer junto a un edificio abandonado. Allí vimos a los guías algo nerviosos: por primera vez estábamos en un lugar de costa, remoto y aislado, y la posibilidad de encontrar osos era real. Podían aparecer por detrás del edificio sin previo aviso, así que nadie podía alejarse del grupo ni siquiera para hacer pipí.
Al final la visita a Barentsburg fue exprés: un paseo por la calle principal —siendo realistas, no hay mucho más— y vuelta. No pudimos entrar en la tienda de recuerdos ni en ningún sitio. Se nos echaba la noche encima y aún quedaban muchas horas de regreso. Tras varias nuevas caídas, Oliver y Richard, los guías, se lo jugaron todo a una carta: había un camino más corto hacia Longyearbyen, pero implicaba subir una cuesta sobre un glaciar, técnicamente muy complicada. Si no éramos capaces de subirla, tendríamos que deshacer todo el camino y volver por donde habíamos llegado, lo que suponía varias horas adicionales de conducción. Imaginad la presión. Afortunadamente —y tiemblo al recordarlo— todos la subimos sin un solo contratiempo. Justo después nos paramos y, uno a uno, los guías nos dieron la mano para felicitarnos. Después de todo lo que había pasado durante la jornada, aquello hasta pareció fácil!. Desde allí sólo quedaba una bajada hacia el pueblo. Ya se veían las luces al anochecer, una imagen de postal. Hogar, dulce hogar.
¿Qué contar de Barentsburg? Es el único asentamiento soviético en Svalbard que sigue habitado. En nuestra visita de 2024 fuimos a Pyramiden, que está abandonado y sólo se puede visitar con un tour guiado. En cambio, en Barentsburg continúan explotando el carbón y viven unas 400 personas —rusos y ucranianos— trabajadores de la empresa Arktikugol, y sus familias. Hay unos 45 niños, con su guardería, escuela y parque infantil. Además, cuentan con un hospital de tres plantas, un centro deportivo, un pub y un hotel con restaurante. Y allí pudimos ver el segundo busto de Lenin que hay en Svalbard (recordad el de Pyramiden). En verano se puede acceder por mar, pero en invierno sólo se llega haciendo este itinerario en moto de nieve… o en helicóptero en caso de emergencia. Al estar situado en la costa, en el fiordo Grønfjorden, justo a la salida del valle, es un lugar tan remoto como fascinante. La ruta es de unos 75 km por trayecto, unas tres horas de conducción. Con todos los percances y la velocidad a la que avanzábamos, tardamos más de cinco horas en cada sentido, lo que nos dejó sin tiempo material para disfrutar de Barentsburg. Recordad que, por el bloqueo a Rusia, no todos los operadores ofrecen este tour.
Otra de las actividades de este viaje fue ir a conocer la mina número 3, GRUVE 3, de la compañía Store Norske, que está habilitada para visitas y alberga algunas sorpresas. Acceder a su interior es como hacer un viaje en el tiempo. Tras equiparte con mono, casco y luz frontal, recorres primero la zona donde se conserva toda la maquinaria utilizada en los años 70 y 80, cuando la mina estaba en su máximo apogeo. Después desciendes unos 300 metros por uno de los túneles excavados y puedes ver las antiguas vagonetas. Al final del recorrido incluso puedes entrar —o más bien arrastrarte— por uno de los estrechos túneles donde trabajaban los mineros. Allí sientes la claustrofobia, la oscuridad, la falta de oxígeno y las condiciones tan duras de su trabajo diario. Es una experiencia que impresiona. También te puedes llevar algunos trozos de carbón puro.
Dentro de esta mina se encuentran dos almacenes realmente interesantes:
- The Nordic Gene Bank, fue el proyecto pionero de lo que hoy es la Bóveda de Semillas. Fundado en 1986, su objetivo era estudiar la viabilidad de semillas y granos durante 100 años, almacenándolos bajo el permafrost. La temperatura dentro de la mina se mantiene entre -1 °C y -4 °C todo el año.
- The Arctic World Archive (AWA) es un archivo de datos que conserva material cultural e histórico de varios países, empresas e instituciones. Todo digitalizado: cuadros famosos, partituras, código de sistemas operativos, manuscritos del Vaticano, fósiles, incluso un disco de The Prodigy. Se rumorea que podría estar ahí la fórmula de la Coca‑Cola, aunque no es más que eso, un rumor. España también tiene presencia: archivos de la historia industrial aportados por Repsol; los actos plenarios de la ciudad de Barcelona desde 1892; documentación arquitectónica del Museo Guggenheim de Bilbao; o archivos políticos de la Fundación Felipe González.
También visitamos, bajo una intensa ventisca de nieve, el Museo Polar – North Pole Expedition Museum – donde José nos dio una clase magistral de la historia de la exploración polar. Ese mismo día, tuvimos la ocasión de ir a la sauna Svalbad y bañarnos en el mar, aunque yo no me atreví. Me he vuelto muy precavida con esto, creo que de todas formas tengo más que convalidado el título de bañarme en aguas ártico-polares.
Una de las actividades más interesante es subir a SARKOFAGEN, una de las montañas que bordean Longyearbyen. Aquí tengo que confesar que preferí no unirme a la excursión, estaba exhausta y algo dolorida del codo de un tonto resbalón en el hielo. Es una pena, porque según me contaron mis compañeros fue una de las experiencias más chulas del viaje, a pesar del frío, sobre todo por las vistas impresionantes desde la cima. Prueba de ello es este vídeo de dron de abajo. Además, los guías, también de Spitzbergen Adventures, fueron en esta ocasión súper amables y divertidos. La subida se pudo hacer a un ritmo pausado, adaptable a todas las condiciones personales, y la bajada fue en un tramo deslizándose por la colina de nieve. De todas formas, a mí me gusta pensar que soy muy consciente de mis capacidades y límites, y que no quiero con ello lastrar al grupo por egoísmo. Yo dediqué el día a pasear por el pueblo.
Y finalmente, una de las últimas actividades que hicimos fue ir a una CUEVA DE HIELO en un camión oruga, toda una experiencia!! La cueva, situada dentro del Glaciar Longyear, no es gran cosa, es más bien pequeña, pero eso sí, muy profunda, tienes que adentrarte por unas empinadas escaleras, acabas llegando a una enorme nave, como una iglesia, con las paredes de hielo y un silencio sepulcral. Habiendo estado en cuevas de Islandia, ninguna puede ya sorprenderme. Quizás lo más divertido es el medio de transporte que te recoge en el alojamiento y te lleva colinas arriba hasta la base del glaciar donde se abre la cueva.
Yo me quedé un día más después de que el grupo se marchara. Tenía por delante tres días de escala en Copenhague antes de enlazar con otro viaje a Groenlandia, y pensé: ¿qué mejor que regalarme unas horas extra de Ártico? Aunque solo fuera para respirar ese aire frío y limpio un poco más, para despedirme sin prisas de este lugar que siempre me remueve algo por dentro.
Y, casualidades del destino, esa noche —la única— apareció un amago de aurora boreal. Muy muy débil, muy tenue, casi un susurro verde en el cielo… pero suficiente para poder decir que ya he visto auroras en Svalbard. Una especie de guiño final, como si el archipiélago quisiera dejarme un recuerdo más antes de marcharme.
Me cambié de alojamiento al Mary-Ann’s Polarrig, muy bien ubicado, a dos pasos del centro y ya a medio camino del aeropuerto. Un lugar sencillo, práctico y perfecto para esa última noche en Longyearbyen, cuando una parte de ti ya está haciendo la maleta y otra se resiste a irse.
Ay, Svalbard… ¿habrá una tercera vez?
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