De todo el tiempo que viví en Islandia y de las visitas que hice después, nunca tuve la oportunidad de pasar unas Navidades allí. En 2004, tras celebrar las fiestas en Helsinki, viajé a Reikiavik para despedir el año y pasar la Nochevieja en compañía de mi amigo Pedro, además de aprovechar los primeros días de enero para teletrabajar. Sólo el hecho de estar en Reikiavik, pasear por sus calles, sentarme a tomar un café, descubrir nuevos restaurantes o esperar las auroras por la noche, de las que pude ver unas cuantas desde la ventana, ya me da la vida. Es una ciudad que consigue recargarme las pilas y hacerme sentir bien casi sin esfuerzo. Es casi mi segunda casa.
¿CÓMO CELEBRAN LA NOCHEVIEJA EN ISLANDIA?
La Nochevieja en Islandia tiene un carácter muy familiar al principio, pero termina convirtiéndose en una auténtica explosión de luz y ruido.
Las tradiciones suelen seguir un ritual bastante parecido en todo el país:
- Cena familiar. La tarde comienza con una cena en casa, normalmente entre las 18:00 y las 20:00. Pedro trajo jamón serrano, lomo embuchado, queso manchego, compramos langostinos e hicimos una cena de picoteo.
- Las hogueras de Año Nuevo (Áramótabrennur). Después, muchas personas acuden a las tradicionales hogueras comunitarias. Antiguamente simbolizaban dejar atrás lo viejo y empezar el nuevo año renovados. Son un importante punto de encuentro vecinal.
- El programa de televisión Áramótaskaupið. Hacia las 22:30 o 23:00 casi todo el país se paraliza para ver este programa satírico que repasa los acontecimientos del año con mucho humor. Es una auténtica institución nacional. Viene a ser como nuestros antiguos Martes y 13, o José Mota ahora. Como nosotros no entendíamos nada de eso, salimos a pasear para ver la decoración y las luces navideñas, especialmente bonitas las de Austurvöllur. Nuestro paseo se vio interrumpido y tuvimos que correr hacia el Paseo Marítimo, al Viajero del Sol, porque las auroras estaban empezando a asomar. Eran las primeras auroras para Pedro, y además queríamos celebrar las campanadas de España (recordad la diferencia horaria de 1 hora). Fue un momento muy mágico! Como nos reímos y qué frío hacía!
- Los fuegos artificiales de medianoche. Aquí está la gran diferencia con otros países. No suele haber un espectáculo oficial centralizado. Son los propios islandeses quienes lanzan miles y miles de fuegos artificiales desde jardines, calles y colinas. El resultado es que todo Reikiavik parece explotar al mismo tiempo. El cielo queda iluminado durante horas. Sí que es cierto que mucha gente se concentra en Hallgrímskirkja, hasta allí nos dirigimos, con la aurora todavía presente entre los fuegos artificiales.

- La fiesta continúa. Después de medianoche, muchos se reúnen en casas, bares y pubs, y las celebraciones suelen prolongarse hasta bien entrada la madrugada.
¿QUÉ MÁS HICIMOS ESOS DÍAS?
Era la primera vez de Pedro en Islandia y, como anfitriona, me sentía en la obligación de enseñarle algunas de las maravillas del invierno islandés. Nunca me canso de repetir los mismos lugares. Puede que haya recorrido la Costa Sur hasta cinco veces y el Círculo Dorado en cuatro ocasiones, pero no me importa lo más mínimo. Al contrario, considero un auténtico privilegio poder volver una y otra vez a sitios tan extraordinarios.
Además, durante aquellos días tuvimos la suerte de contemplar algunos fenómenos meteorológicos que yo misma nunca había visto antes. Disfrutamos de numerosas auroras boreales, hicimos snorkel entre placas tectónicas, exploramos cuevas de hielo, recorrimos playas salvajes y descubrimos paisajes que parecían de otro planeta. Siempre digo que, a pesar de las pocas horas de luz, el invierno es casi el mejor momento para descubrir las verdadera Islandia. ¿Qué más se puede pedir?
SNORKEL EN SILFRA
Ya sabéis que había hecho esta actividad en otra ocasión, pero esta vez fue completamente diferente. Si la anterior había sido en junio, ahora estábamos en pleno enero y el entorno no podía ser más distinto. Todo estaba cubierto de nieve y el frío era tan intenso que parecía cortarte las manos. El agua de la fisura mantiene prácticamente la misma temperatura durante todo el año, pero lo que sí cambia, y mucho, es el contexto. Las condiciones exteriores influyen por completo en la experiencia.
De hecho, uno de los peores momentos que recuerdo de aquel día no fue dentro del agua, sino antes de entrar. La logística me pareció bastante absurda. Te dejan en un aparcamiento donde tienes que cambiarte y dejar toda tu ropa. Debajo del traje seco sólo puedes llevar las capas térmicas, y con eso, únicamente con eso, tienes que desplazarte hasta la base donde guardan los trajes y el equipo. Son apenas diez minutos, pero diez minutos corriendo por un camino nevado, con un viento helador azotándote la cara, parecen una eternidad. Cuando por fin llegas, te dejan apañártelas sola para ponerte el traje de neopreno. Y cualquiera que haya intentado enfundarse uno sabe que nunca entra a la primera. Mientras luchaba con él, notaba cómo los dedos se me iban congelando poco a poco. Nadie ayudaba, pero aun así te metían prisa para que terminaras cuanto antes. Acabé llorando de estrés y el frío y completamente cabreada. Durante unos minutos pensé que la experiencia no iba a merecer la pena.
Luego, por suerte, todo cambia. Una vez equipada y dentro del agua, el cuerpo se relaja. Aunque la única parte que entra realmente en contacto con el agua son la cara y las manos, la sensación es mucho más agradable que la temperatura que hace fuera. Resulta casi paradójico estar flotando entre dos continentes y sentir más confort dentro del agua glaciar que bajo el viento del exterior.
Nadar entre placas tectónicas, en un lugar tan excepcional, es una experiencia totalmente surrealista a la vez que mágica, aquí podéis leer un poco más sobre las características de esta actividad.
CÍRCULO DORADO y BLUE LAGOON
Aquel día disfrutamos de un fenómeno meteorológico tan inusual que, casi diría, me impresionó más que las propias auroras. Salimos de Reikiavik temprano, cuando todavía era de noche. Al llegar a nuestra primera parada, el Parque Nacional de Thingvellir, comenzaba a amanecer y fue allí donde vimos algo que nos acompañaría durante toda la jornada: unas espectaculares nubes estratosféricas polares. Son nubes formadas por diminutos cristales de hielo que reflejan la luz creando colores brillantes y tornasolados, en suaves tonos pastel que recuerdan al nácar o al interior de una concha. Sólo aparecen en circunstancias muy especiales, normalmente en ambientes extremadamente fríos y durante las horas cercanas al amanecer.
Lo más increíble fue que aquella nube nos acompañó durante todo el recorrido por el Círculo Dorado. A medida que el sol ascendía sobre el horizonte, los colores iban transformándose. Los tonos azulados y perlados dieron paso a matices rosados, anaranjados y dorados que parecían sacados de una pintura. Su momento de máximo esplendor llegó en Geysir, cuando el sol alcanzó el punto más alto que logra elevarse sobre el horizonte en esa época del año. Entonces, el cielo se convirtió en una auténtica explosión de luz y color, contrastando con los vapores de las fumarolas, con reflejos imposibles que parecían cambiar a cada minuto. Era tan bonito, tan delicado y tan inesperado, que Pedro y yo acabamos llorando como dos tontos. Hay momentos en los viajes que sabes que recordarás toda la vida, y aquel fue uno de ellos.
A menudo pienso en la suerte que tuvo Pedro durante su semana express en Islandia. No sólo pudo contemplar numerosas auroras boreales, sino que además coincidió con un fenómeno atmosférico tan extraordinario y poco frecuente que incluso para mí, después de tantos años visitando el país, fue una experiencia completamente nueva.
Completamos el Círculo Dorado con la cascada Gullfoss, el cráter Kerid, y ya anocheciendo en la Blue Lagoon.
AURORAS ROJAS
Una de las noches salimos en busca de auroras. Ya había visto muchas a lo largo de los años, pero aquella vez nos esperaba una sorpresa. Sobre nuestras cabezas comenzaron a aparecer unas preciosas auroras rojas, completamente visibles a simple vista. Era la primera vez que contemplaba este color con tanta intensidad. Acostumbrada a los tonos verdes y, ocasionalmente, a algunos matices violáceos, ver el cielo teñirse de rojo fue algo realmente especial. Nos quedamos allí, mirando hacia arriba, fascinados, conscientes de que estábamos presenciando uno de esos momentos que difícilmente se olvidan.
COSTA SUR CON CUEVA DE HIELO
La costa sur es una visita obligada para cualquier primer viaje a Islandia. Reúne muchas de las maravillas más emblemáticas de la isla en un único recorrido lineal y, además, se encuentra relativamente cerca de la capital. Por eso, incluso en un tour de dos días, es posible regresar a casa con una buena impresión de algunos de los paisajes más espectaculares del país. Aunque, probablemente, te sabrá a poco y acabarás queriendo volver una y otra vez.
El trayecto en sí, especialmente en esa época del año, es una maravilla. En apenas unas horas pasas de amaneceres teñidos de rosa a atardeceres de tonos anaranjados. Mientras avanzas por la Ring Road, los volcanes, las cascadas, los glaciares y las playas de arena negra se suceden uno tras otro, como si Islandia quisiera mostrarte, en un sólo día, todo aquello que la hace única.
La primera parada suele ser la cascada Seljalandsfoss, una de las más famosas de Islandia. En verano, su gran atractivo es que puedes recorrer el sendero que pasa por detrás de la cortina de agua y contemplar el paisaje desde una perspectiva única. En invierno, en cambio, parte de la cascada y de los acantilados que la rodean quedan cubiertos de hielo, y el camino trasero suele permanecer cerrado por seguridad.
Después llega Skógafoss, siempre imponente. Sus 60 metros de caída y el estruendo constante del agua la convierten en una de esas cascadas que impresionan sin importar cuántas veces la visites. En los días soleados suelen formarse arcoíris sobre la cortina de agua, mientras que en invierno el hielo se acumula a sus pies, creando un paisaje casi irreal.
Después llegamos a la playa negra de Reynisfjara. Puedo decir que he sido afortunada de conocerla varias veces antes de que el mar la haya transformado para siempre. La zona de playa que se extendía detrás de las columnas de basalto, donde se encuentra la pequeña cueva y desde donde se podía caminar casi hasta situarse frente a los pináculos marinos, ha desaparecido por completo. Ahora las olas alcanzan directamente el acantilado y ya no es posible pasar. Es el curso natural de las cosas, pero inevitablemente ha perdido parte de su encanto. Por eso me alegra especialmente que Pedro pudiera verla en todo su esplendor, cuando todavía era posible recorrer aquel rincón y contemplar los farallones desde tan cerca. Además, el día acompañaba. El cielo estaba despejado y un impresionante sol anaranjado bañaba la playa, las columnas de basalto y los pináculos de roca, realzando aún más uno de los paisajes más espectaculares de toda Islandia.
Aquella noche, en el Guesthouse Adventure Hotel, vivimos uno de esos momentos que justifican por sí solos un viaje a Islandia. Una impresionante aurora boreal comenzó a bailar sobre el cielo oscuro y no hubo tiempo para pensárselo demasiado. Tuvimos que saltar de la cama y salir corriendo al exterior, todavía en pijama, para contemplarla. Allí estábamos, muertos de frío y medio dormidos, mirando hacia arriba con una sonrisa de oreja a oreja mientras las luces verdes se movían sobre nuestras cabezas.
Al día siguiente, después de interminables horas de carretera, nos tocaba llegar hasta Jökulsárlón, la laguna glaciar más famosa de Islandia, donde vimos algunas focas. También fuimos a la Playa Diamante, aunque tristemente apenas encontramos ningún trozo de hielo.
El plato fuerte del día era la visita a una cueva de hielo. Después de haber entrado en varias a lo largo de los años, tengo que reconocer que esta me dejó un poco fría, nunca mejor dicho. Se trataba de una cueva completamente interior, sin apenas luz natural. El característico color azul del hielo que aparecía en las fotografías se debía, en gran medida, a la iluminación artificial instalada en el recorrido.
No me malinterpretéis: adentrarse en las entrañas de un glaciar sigue siendo una experiencia fascinante. Caminar por túneles excavados en hielo milenario es algo que impresiona siempre. Sin embargo, he tenido la suerte de visitar otras cuevas mucho más espectaculares, parcialmente abiertas al exterior y bañadas por la luz natural, donde los tonos azules parecen surgir del propio glaciar. Comparadas con aquellas, esta resultó algo menos memorable. No obstante la caminata hasta la cueva fue algo de otro planeta, una inmensidad de nieve y rocas hasta donde te llegaba la vista. Te sentías, de verdad, como un astronauta.
Aquí podéis ver mis experiencias en las cuevas de hielo.

PASEOS POR REYKJAVIK
Para mí, siempre es un placer pasear por Reikiavik. Da igual cuántas veces haya estado allí. Siempre encuentro un rincón nuevo por descubrir, una bakery en la que refugiarme del frío con un delicioso bollo de canela o una calle que parece completamente diferente dependiendo de la estación, de la luz o de la nieve. Es una ciudad que cambia constantemente sin dejar de ser la misma.
El auditorio Harpa, el lago Tjörnin, la escultura del Viajero del Sol…. pero sobre todo la iglesia de Hallgrímskirkja. Es uno de esos lugares a los que siempre vuelves. Tiene un magnetismo especial que hace que quieras visitarla en cada viaje a Islandia. Da igual cuántas veces la hayas visto: su silueta dominando el horizonte de Reikiavik sigue impresionando como la primera vez. Subir a la torre en un día despejado es una experiencia inolvidable. Desde allí se obtiene una de las mejores vistas de la ciudad, con sus coloridos tejados, el océano al fondo y las montañas en la distancia.

















































































