Helsinki es una ciudad vibrante y fácil de disfrutar. Pero en cuanto te alejas unos kilómetros, Finlandia cambia de ritmo: los bosques se vuelven más densos y los lagos empiezan a aparecer como espejos entre las carreteras. Ésta que os describo es sólo una de las muchas rutas posibles para complementar tu estancia en la capital; Finlandia ofrece tantas escapadas como viajeros. De hecho, parte de la magia está en desviarte por cualquier camino secundario que veas acercándose a un lago: casi siempre encontrarás un embarcadero, un mirador improvisado o un pequeño canal donde detenerte unos minutos. Incluso sin salir de la carretera principal pasarás junto a centenares de lagos, muchos con áreas pensadas para estirar las piernas y respirar ese silencio tan característico del país. En apenas tres días puedes recorrer hasta nueve provincias finlandesas y acercarte a menos de un kilómetro de la frontera rusa, descubriendo fortalezas, castillos, ciudades industriales, joyas arquitectónicas, bosques, lagos… una Finlandia amplia, serena y sorprendentemente sencilla.
Pero antes de lanzarte a la carretera, conviene organizar una ruta lógica: pinta en un mapa lo que te interesa descubrir y traza después un itinerario, teniendo en cuenta los tiempos de conducción y dónde quieres dormir cada noche, según tus preferencias —ya sea en una ciudad, en plena naturaleza o en algún punto intermedio. Yo fui demasiado ambiciosa al planificar: en una sola jornada pretendía recorrer más de 500 kilómetros para llegar a Koli, más de seis horas en la carretera, sin contar las paradas previstas para excursiones y visitas… un día larguísimo que inevitablemente tuve que reajustar y reducir.
Finlandia es muy fácil de conducir, prácticamente plana y sin peajes (no existe ninguno en el país), con carreteras perfectas y muchas áreas de descanso. En total fueron poco más de 1.000 km repartidos en tres días.


Día 1 – LAPPEENRANTA
Aterricé en Helsinki sobre las 5 de la tarde, el tiempo que me llevó recoger la maleta y el coche de alquiler y partir, sobre las 6 ya estaba de camino hacia Lappeenranta, dirección este, las señales me indicaban constantemente San Petersburgo. Unas 2 horas y media de trayecto, antes de llegar paré en un supermercado a comprar provisiones y llegué a las 9 en punto al apartamento donde me esperaba el anfitrión, Timo, que muy amablemente me enseñó la casa y me ofreció recomendaciones locales muy interesantes (¿sabíais que en el lago de Savonlinna existen unas focas únicas, de agua dulce?). La maravilla de este apartamento, aparte de que era nuevo y estaba limpísimo, era que contaba con un garaje subterráneo, muy conveniente ya que en Finlandia es bastante difícil encontrar parking gratis en las ciudades. Primera noche en Finlandia, tapada con edredón!
Día 2 – LAPPEENRANTA – SAVONLINNA – JOENSUU y KOLI (cancelado) – KONNUS CANAL – KUOPIO
El día más largo, el título casi ni me cabe! Ya veis que tuve que cancelar un tramo, casi el más importante, porque era prácticamente imposible hacerlo sin morir en el intento. Creo que aquí habría sido necesario sin duda un día extra.
Por la mañana me levanté pronto y dediqué unas dos horas a explorar Lappeenranta, una ciudad tranquila situada a orillas del lago Saimaa, el más grande de Finlandia. Está muy próxima a Rusia y destaca por encima de cualquier otra cosa por su fortaleza y sus casas antiguas, perfectamente conservadas. Aquella primera y fría mañana no había prácticamente nadie por las calles: sólo yo… y un zorro precioso que me acompañó por todo el recinto fortificado. Mi primer amigo finlandés.
Partí entonces hacia Savonlinna, donde ya había estado hace años. Aquel viaje fue muy distinto: íbamos en grupo, con niños, y dedicamos muchísimo tiempo a descansar y a disfrutar de nuestra cabaña en el lago, más que a echar kilómetros en la carretera. Era 2017 y mi percepción de los viajes era otra; además, cuando viajas en grupo te adaptas inevitablemente a otros ritmos, otras prioridades y otras energías.
Esta vez, viajando sola, todo era diferente. No me importó conducir más lejos para llegar a lugares más remotos, ni encadenar tramos largos si eso significaba ver algo que me hacía ilusión. En este viaje literalmente rodeé toda la zona en la que había estado en aquella ocasión. La única coincidencia fue Savonlinna, como si fuera un pequeño punto de unión entre dos versiones de mí viajando por Finlandia: la de entonces y la de ahora.
Savonlinna, literalmente Castillo de Savonia (linna es castillo), está formada por varias islas en el lago Saimaa. Su elemento más distintivo es el imponente Castillo de Olavinlinna, es la fortaleza medieval en piedra más al norte que se mantiene en pie, con sus tres torres circulares. Aquí paré a comer algo, que casi me robaron los gorriones, y dar un paseo por la playa cercana.
Después de esta visita fue cuando me planteé seriamente el cambio de ruta. Llevaba tres horas conducidas la tarde anterior, dos más esta mañana, me había levantado pronto y la idea de todo lo que aún me quedaba por delante empezaba a preocuparme. Me encontraba muy cansada y, además —importante— el tiempo estaba cambiando: se esperaban lluvias intensas más al norte, justo en mi camino. Por eso, con dolor por tener que prescindir de Koli, un parque natural al que le tengo muchísimas ganas, cambié de planes y me dirigí ya hacia Kuopio, donde iba a dormir. Eso sí, con un compromiso conmigo misma: pararme en cualquier lugar encantador que encontrara.
Y así fue como, después de una tormenta de granizo que me pilló por el camino y me obligo a parar en un apeadero de la carretera, apareció un desvío hacia un canal: Konnus Canal, un paso construido en 1836 para facilitar la navegación entre pequeños islotes y aguas bajas que conectan dos lagos. Funciona de manera totalmente autónoma: no hay personal, las pequeñas embarcaciones se acercan, accionan el mecanismo para abrirlo y después para cerrarlo. Junto a él hay otros dos canales antiguos, como congelados en el tiempo, silenciosos, impasibles. Aquí encontré los reflejos más perfectos de todo el viaje: agua, cielo, nubes y árboles mezclándose en una calma absoluta. Finlandia en estado puro.
De allí seguí ya hacia Kuopio. Tenía pensado parar en una torre de vigilancia en mitad del bosque, desde donde se prometían vistas impresionantes, pero me salté el desvío y cuando me quise dar cuenta ya estaba entrando en las calles de la ciudad. Mi apartamento no tenía parking, pero era viernes por la tarde y en Kuopio hay zonas de pago que durante el fin de semana son gratuitas. Tuve la suerte de encontrar sitio casi en la misma puerta, algo que pareció como un pequeño regalo después de tantos kilómetros.
Día 3 – KUOPIO – Jyväskylä – Tampere
Como ya hice en Lappeenranta, dediqué la mañana a descubrir Kuopio, la octava ciudad de Finlandia. Lo primero que me encontré fue la catedral, blanca y salpicada de piedras, que me recordó al típico turrón de almendras. Mis pasos me llevaron después hacia lo que más me llamó la atención: el Kuopion kauppahalli, el típico mercado cubierto presente en prácticamente todas las ciudades finlandesas, con puestos de bollos y café, pescados, frutas y productos locales. Por fuera, este mercado de 1902 era sorprendentemente llamativo: de color amarillo, con formas redondeadas, parecía un pastel glaseado adornado con esculturas de ranas, murciélagos y otros animales. Un edificio casi caprichoso, inesperado, que te obliga a mirarlo dos veces. Después seguí caminando por unas calles con casas antiguas de madera, muy fotogénicas, que parecían sacadas de un decorado.
Finalmente, ya en coche y después de llenar el depósito, me dirigí a la Puijo Tower, uno de los iconos de Finlandia: una torre de 75 metros situada sobre una colina que la convierte en un punto de observación de 200 metros. Desde allí se divisan las pistas de esquí, el parque, la ciudad y un horizonte que parece no terminar nunca. En lo alto tiene un restaurante giratorio y suelen iluminarla por la noche. Las fotos que podéis encontrar por internet, especialmente con los bosques nevados a sus pies, son sencillamente majestuosas. Lamentablemente, ese día la torre estaba cerrada al público por mantenimiento y me quedé sin poder subir.
La siguiente parada era Jyväskylä, una ciudad con un nombre imposible: soy incapaz de escribirlo de memoria y menos aún de pronunciarlo. Es la séptima ciudad de Finlandia y tiene un marcado carácter universitario, algo que se nota enseguida en el ambiente, en las bicicletas, en los cafés y en esa energía joven que contrasta con la calma finlandesa. Jyväskylä representa además una unión perfecta entre naturaleza y arte urbano: está rodeada por cuatro parques naturales y cuenta con dos enclaves declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO —la iglesia vieja de Petäjävesi y el arco geodésico de Struve en Oravuori—, dos joyas que hablan de historia, ciencia y tradición. Pero si hay algo que define Jyväskylä es su relación con Alvar Aalto. La ciudad tiene el mayor número de obras del arquitecto finlandés en todo el mundo: desde edificios del campus universitario hasta el Ayuntamiento de Säynätsalo, pasando por casas históricas de colores rodeadas de jardines con manzanos. Es un lugar donde la arquitectura se vive, no sólo se observa.
Y ya sólo me quedaba llegar, bajo la lluvia y un fuerte viento, a Tampere, la tercera ciudad de Finlandia. Mi hotel estaba algo alejado del centro, pero tenía parking y eso es importante, y era lo más barato que pude encontrar en la ciudad. Tenía, no obstante piscina y sauna, e incluía el desayuno.
Día 4 – TAMPERE – HÄMEENLINNA – Helsinki
Tampere es una ciudad partida en dos por un canal con rápidos y esclusas, muy universitaria y, por tanto, muy activa culturalmente. Me sorprendió la mezcla de edificios art nouveau, al estilo de los que ves en Helsinki, con edificios puramente industriales de ladrillo, muchos y muy bonitos. Altas chimeneas y naves enormes flanquean el canal, ajardinado y muy bien cuidado, creando un contraste precioso. Era domingo y coincidió que en la plaza principal había un car boot sale, un mercadillo donde la gente abre los maleteros de sus coches para vender sus cachivaches. Aquí es donde empecé a darme cuenta que estaba cerca de Helsinki, una sucursal de Stockmann en la calle principal, un café Fazer… todo iba pareciéndome ya más familiar. La ciudad cuenta con varios museos importantes y zonas de esparcimiento, parques y jardines. Es muy popular la Torre de Observación de Pyynikki, en la enorme reserva natural del mismo nombre. Muchos locales se acercan hasta aquí a hacer deporte, dar un paseo y comprar las famosas rosquillas que venden en el café de la torre. Desde arriba se ve toda la ciudad, la configuración de los lagos que la rodean y el parque de atracciones con la enorme torre vecina de Näsinneula.
Mi ruta iba llegando a su fin: esa misma tarde tenía que devolver el coche en el aeropuerto. De camino me paré en Hämeenlinna, con su enorme castillo del siglo XIII. Impresiona ver esas construcciones defensivas de cerca, mantenidas en perfecto estado, y pensar en la cantidad de batallas y ataques que habrán vivido.
Una vez devuelto el coche en Sixt, cogí el tren desde el aeropuerto al centro de Helsinki y, ya allí, el tranvía hasta mi apartamento, entre los barrios de Kaartinkaupunki y Ullanlinna, en pleno Design District. Volver a Helsinki siempre me hace feliz, pero hacerlo en otra época del año lo es aún más, es como verla por primera vez. Mis últimas visitas habían sido en pleno invierno y Navidad, y os aseguro que son ciudades completamente distintas según la época: la luz, el ritmo, los colores, incluso la forma en que la gente ocupa las calles.
Redescubrir las calles que había conocido bajo la nieve, comprobar que en los parques hay caminos, que hay flores, pájaros y abejas, que los árboles no son sólo siluetas oscuras contra un cielo gris… fue muy bonito. Se me hizo extraño no ver todo blanco y no estar a temperaturas bajo cero. Esta vez me acompañaron unos agradables 12–14 grados, perfectos para caminar sin prisa.
Quise, además de conocer nuevos rincones, replicar algunas fotos que había hecho en invierno, esta vez en condiciones completamente distintas. Comparar ambas versiones de la ciudad —la helada y la luminosa— se convirtió en una forma preciosa de entender cómo Helsinki cambia, respira y se transforma con las estaciones. Aquí un ejemplo de Tölöviken, el lago más céntrico de Helsinki, y que en invierno se congela por completo.

HELSINKI
La estancia en Helsinki transcurrió combinando trabajo en remoto con salidas y paseos. Pisar Helsinki supone siempre pintar una sonrisa en mi cara. ¿Qué os puedo yo contar de Helsinki que no sepáis ya? Podéis consultar este post de la primera navidad que pasé allí (2024) y mis historias archivadas de Instagram con las navidades al año siguiente (2025).
Adoro volver a sitios conocidos: la Biblioteca Oodi, las librerías (no dejéis de visitar Rosebud Postitalo o por supuesto Akateeminen kirjakauppa), las tiendas de segunda mano (la maravillosa Fasaani Antiikki Helsinki o las muchas tiendas de ropa Re-Love, Uff..), los cafés, la estación central, los grandes almacenes Stockmann… hay tantas cosas en esta ciudad que te atrapan.
El tiempo estuvo bastante inestable: días de mucha lluvia, pero también otros de cielo radiante y hasta un poco de calor. Uno de esos días luminosos aproveché para ir al Jardín Botánico, un lugar que en ninguna de mis anteriores estancias había podido visitar. En invierno queda prácticamente latente bajo el manto de nieve, excepto las plantas del interior de los invernaderos. Mi sorpresa fue encontrarme con una nave espacial allí plantada. Bueno, realmente era una casa futurista instalada allí durante la Design Week, que ya había terminado, pero el efecto era exactamente ese: una nave aterrizada entre plantas y prados verdes. Desde allí caminé hacia la zona del puerto deportivo de Halkolaituri y la pequeña islita de Tervasaari, desde donde tienes una vista excepcional de los rompehielos. Nunca los he visto trabajando, pero incluso en reposo impresionan: enormes, silenciosos, como bestias dormidas esperando el invierno.
Otro día lo dediqué a llegar en el autobús hasta el Seurasaari Air-Open Museum, una isla que alberga un museo natural, entre bosques frondosos llenos de ardillas amistosas puedes encontrar construcciones de madera tradicionales, oficios, arte… y todo la Finlandia rural preservada en un mismo sitio. Comer allí una sopa caliente de salmón, en una cabaña de madera, es una reconfortante manera de continuar el camino. Es totalmente gratuito, sólo pagas por entrar en los edificios y museos. Cierra en invierno.
Continué bordeando la costa hasta el Cafe Regatta, tuve una enorme decepción al encontrarlo cerrado. No cierra ningún día del año, pero justamente ese tenían un evento. También aquí hice fotos para contrastar aquel mítico día donde me tomé un chocolate caliente y un bollo rodeada de nieve bajo cero, con la enorme diferencia que esta vez no había ni chocolate ni bollo. Terminé mi camino llegando a la playa Hietaniemi, donde ver su arena dorada me resulto sorprendente después de haberla visto cubierta de nieve. Estuve por allí hasta que empezó a diluviar y me tuve que ir a esperar el bus y volver a casa.
Algo que me llamó la atención, aunque ya lo he visto en muchas ciudades y carreteras nórdicas, es la cantidad de obras en muchas de las calles. No es de extrañar, el verano es el único momento del año que tienen para levantar calles antes de que queden sepultadas bajo la nieve. En mi esquina favorita de Helsinki no pude recrear el invierno vs verano, así me lo encontré….

Aproveché para hacer una ruta nocturna por los mejores neones de la ciudad. Siempre he admirado la pasión que sienten en esta ciudad por las luces de neón, tienen además ese aire retro decadente que los hace muy especial. Mi fijación es el Ravintola Sea Horse, restaurante que data de 1933. El contraste de esas luces rosas y verdes con la oscuridad del exterior o el reflejo en un charco es una locura. El Amos Rex por supuesto es un clásico y todas las tiendas y restaurantes que lo rodean en Lasipalatsi.
Un último paseo por Ullanlinna me llevó de nuevo al parque Tähtitorninvuori donde pude recrear unas fotos hechas después de una gran nevada. Si aquella vez era nieve esta vez fue lluvia.

Y como no, en ese barrio lo mejor es perderte en las tiendas de antigüedades, ésta especialmente es un enorme almacén donde tienen de todo, verdaderas joyas, desde libros, cuberterías, postales, ropa, muebles.. Lástima que no me lo podía llevar todo.
Al llegar a la iglesia de San Juan – Johanneksenkirkko – pude recrear esta otra escena.

Adiós Helsinki, sabes que volveré, espérame!
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