Ciudades del este de Canadá

Ésta ha sido mi primera incursión en Canadá. Y digo primera porque desde hace tiempo tengo en mi lista de deseos la costa oeste —Vancouver, las Rocosas— y, muy especialmente, Churchill, en la bahía de Hudson, donde sueño con ver a los osos polares. Tengo pendiente también poder ver auroras en Canadá, así que éste sigue siendo para mí un país pendiente, un mapa lleno de futuros viajes. Pero esta vez, en pleno verano, decidí escapar por unos días de la masificada Mallorca y aprovechar la nueva ruta directa de Air Canada entre Montreal y Palma: la misma ruta que trae turistas canadienses a nuestra diminuta isla iba a llevarme, por fin, a la inmensa Canadá. Hay algo casi poético en ese intercambio: ellos llegan buscando Mediterráneo, luz y calas; yo me subo al mismo avión para ir en dirección contraria, hacia un país descomunal que siempre he imaginado como un horizonte sin fin. Las ciudades del este iban a ser mi puerta de entrada, el primer capítulo de una historia que espero seguir escribiendo en futuras ocasiones.

Poco podía sospechar, cuando reservé el viaje, que España acabaría llegando a la final del Mundial de fútbol. Igual que la Eurocopa 2024 me tocó vivirla nada más aterrizar en Longyearbyen, Svalbard, esta vez la final de la Copa del Mundo me encontró con las cataratas Niágara de fondo, en uno de los países anfitriones. Un escenario improbable, casi cinematográfico. Pero vamos por partes, porque este inesperado contexto futbolístico merece ser contado desde el principio.

La ruta de las grandes ciudades del este —Toronto, Ottawa, Quebec y Montreal— junto con las cataratas Niágara, es el circuito clásico para una primera aproximación a Canadá. Es un itinerario cómodo, sin estrés, que te permite hacerte una idea general del país: su cultura, su historia y, además, algunos enclaves naturales espectaculares que te recuerdan lo descomunal que puede llegar a ser este territorio. Es una ruta muy apta para hacerla por libre: carreteras sencillas, distancias razonables y sin complicaciones. Pero también es cierto que pensar en cómo moverte por las ciudades, dónde aparcar, los peajes, las zonas restringidas… puede convertirse en una fuente de estrés innecesario. Siempre digo que viajar en grupo tiene sus inconvenientes, sí, pero también sus ventajas. Y al final depende de cada uno valorar qué pesa más: la libertad absoluta o la tranquilidad logística.

Puedes encontrar este circuito en multitud de agencias de viajes, y casi todas incluyen los vuelos. El problema es que yo quería alargar unos días mi estancia en Montreal al final de la ruta, cambiar de hotel y, además, aprovechar el vuelo directo a Palma. No encontré ninguna agencia que me diera esa flexibilidad: todas incluían los vuelos y, si quería noches adicionales, tenían que ser en el mismo hotel del paquete. Hasta que di con Viatamundo, una pequeña agencia vasca que ofrecía el circuito a muy buen precio sin los vuelos. Justo lo que necesitaba: libertad para ajustar el itinerario a mi manera sin renunciar a la comodidad de un viaje organizado.

PAQUETE COMPLETO EXPLORANDO CANaDÁ
    • Día 1: 18 julio – Llegada y noche en Toronto.
    • Día 2: 19 julio – Visita a Toronto. Salida hacia las Cataratas Niágara. Parada en Niagara-on-the-Lake. Llegada, visita a las cataratas y noche en Niagara Falls.
    • Día 3: 20 julio – Salida hacia Ottawa. Parada en Rockport para crucero de las 1000 islas en el río San Lorenzo. Llegada, visita y noche en Ottawa.
    • Día 4: 21 julio – Salida hacia Quebec. Parada en Parque Omega para safari y en Chez Dany para degustación de comida tradicional con jarabe de arce. Noche en Quebec.
    • Día 5: 22 julio – Visita a Quebec. Visita Cataratas Montmorency. Visita a pueblo Wendake. Noche en Lac Delange.
    • Día 6: 23 julio – Salida hacia Montreal. Llegada y visita a algunos de los principales puntos turísticos. Tarde libre. Noche en Montreal
    • Día 7: 24 julio – Fin del programa. Cambio de hotel. Día libre por mi cuenta.
    • Día 8: 25 julio – Día libre por mi cuenta.
    • Día 9: 26 julio – Vuelo de vuelta a Palma.

El viaje comenzó en el aeropuerto de Toronto, después de una cadena de retrasos en todos los vuelos y conexiones. En teoría tenía 3 horas de escala en Montreal, que se redujeron a 45 minutos para pasar inmigración, y aun así terminamos esperando más de una hora dentro del avión antes de despegar. Por eso, aunque llegar a Toronto a la hora prevista me habría permitido dejar las cosas en el hotel y salir a descubrir la ciudad de noche, incluso apurar la última subida a la CN Tower (21:00), nada de eso fue posible. Aterrizamos finalmente sobre las 22:30.

Toronto, Canada

Tomé el Union Pearson Express (UP), el tren que conecta el aeropuerto con la estación Union, en pleno centro. El billete sencillo cuesta 12,35 CAD (unos 7,6 €). Aunque no era necesario salir a la calle, era mi única oportunidad de ver la CN Tower de noche, así que me acerqué un momento antes de continuar en metro hacia mi hotel. Me alojaba en el Hotel Chelsea Toronto, el hotel más grande de Canadá. Desde Union tomé la línea 1 amarilla, dirección Finch, y bajé en College. El metro se puede pagar directamente con tarjeta contactless, algo comodísimo cuando llegas tarde y solo quieres llegar a tu habitación.

Por la mañana, después del desayuno, nos reunimos ya todo el grupo para comenzar el viaje en autobús. Hubo presentación del guía, algunas instrucciones básicas, especificaciones del programa y turno de preguntas. La primera que salió fue casi inevitable: ¿podremos ver la final del Mundial hoy? El guía sonrió, pero no pudo prometernos nada. Teníamos por delante un programa muy ajustado y, precisamente a esa hora, estaba prevista la excursión en barco en las cataratas Niágara. Tocaba asumir que el fútbol tendría que esperar.

Comenzamos la visita recorriendo en autobús algunas de las calles más conocidas de Toronto: Chinatown, la University Avenue —flanqueada por prestigiosos hospitales— y Queens Park, donde se alza el edificio de la Asamblea Legislativa de Ontario. Bajamos en Phillips Square para hacer fotos. Allí conviven el antiguo y el nuevo Ayuntamiento, y en esa explanada se celebraron las Fan Zones del Mundial. Conviene recordar que Canadá fue país anfitrión, y aunque acogieron partidos menores, la ciudad estaba completamente volcada en el evento. Volvimos al autobús y nos dirigimos a los alrededores de la CN Tower, donde tuvimos algo más de una hora para hacer fotos y pasear. A sus pies se despliegan enormes complejos: el Acuario, el estadio de beisbol de los Toronto Blue Jays —era día de partido y todo estaba inundado de camisetas azules— y el Museo al aire libre del ferrocarril. Todo ello rodeado por rascacielos que parecen crecer sin límite.

Lo poco que pude ver de Toronto me dejó una sensación clara: es una ciudad muy estadounidense en estética, ritmo y escala. Avenidas amplias, edificios imponentes, estadios, museos, barrios étnicos… todo con ese aire de metrópolis norteamericana que te envuelve desde el primer momento.

Toronto, Canada
Toronto, Canada
Toronto, Canada
Toronto, Canada
Toronto, Canada
Toronto, Canada

Continuamos ruta hacia el sur bordeando el Lago Ontario. A medida que avanzábamos, la silueta de Toronto quedaba atrás: primero los rascacielos, luego la línea del skyline, hasta que sólo se distinguía la CN Tower, altísima, como un alfiler clavado en el horizonte. Cuando alcanzamos la orilla opuesta hicimos una parada en Niagara‑on‑the‑Lake, la primera visita del día y, sin duda, una de las más impactantes. El pueblo, que fue capital de Canadá, parecía una maqueta perfecta, un decorado de cine: calles limpísimas, jardines impecables y llenos de flores, tiendas con fachadas ideales, heladerías que parecían sacadas de otra época. Todo tenía un aire cuidado, casi irreal, como si alguien hubiera pulido cada esquina para que brillara. Dimos un paseo para comprar algo de comer, tomar un refresco y seguir camino, ya bordeando el Río Niágara, con los Estados Unidos siempre presentes al otro lado, concretamente el estado de Nueva York. La frontera era una línea invisible, pero la sensación de estar tan cerca se notaba en cada curva del río. Esta zona está rodeada de viñedos: producen vino y también mosto, y el paisaje se mezcla con enormes mansiones y casas tradicionales, todas con jardines elegantes y cuidados. Por momentos, el conjunto recordaba a Falcon Crest, con ese aire de riqueza tranquila y viñedos interminables que acompañan la carretera.

Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada
Niagara-On-The-Lake, Canada

Y, como quien no quiere la cosa, tras una curva, apareció de golpe la impresionante caída de agua de las Cataratas del Niágara. Es una visión que te sacude. Las has visto en películas, en documentales, en miles de fotos; te lo han contado amigos, viajeros, guías… pero hasta que no las ves, las oyes y las sientes vibrar bajo tus pies, no eres consciente de la magnitud de ese monumento natural. Es un impacto inmediato. Impresionante. Recorrimos en autobús todo el paseo de la pequeña población de Niagara Falls, pequeña pero intensísima, construida alrededor de las cataratas como si fueran su corazón. Hoteles, restaurantes, tiendas de recuerdos… todo vive por y para ese torrente de agua. El ambiente es descaradamente kitsch, casi excesivo, una pequeña Las Vegas.

Finalmente el bus nos dejó en la zona de embarque y el guía nos reunió para darnos una noticia que nos cambió el ánimo: la excursión en barco, prevista para las 15:30 —ya con el partido empezado— se había podido adelantar a las 14:00. Eso significaba que terminaríamos justo a tiempo para ver el saque inicial en una explanada verde donde habían instalado una pantalla gigante. La emoción del viaje y la del Mundial iban a coincidir en el mismo lugar, con las cataratas rugiendo de fondo.

Pero antes tocaba equiparse para subir al barco con un chubasquero rojo —los barcos canadienses llevan ese color; los estadounidenses, azul—. Una parte de ti pensaba: “bueno, salpicará un poco y ya está”. Qué equivocada estabas. A medida que el barco se acerca a la catarata grande, la de forma de herradura, empiezas a notar el viento que genera semejante masa de agua. Es un cañón semicircular, así que quedas completamente rodeada por agua cayendo desde todos los lados. Ese choque constante forma torbellinos de vapor, una nube permanente que flota sobre la catarata como si fuera su propia atmósfera. Lo más impactante es que la caída de agua genera olas enormes y remolinos que, por momentos, imponen respeto. Estar tan cerca del agua impresiona muchísimo: el ruido, la vibración, la humedad que empapa incluso bajo el chubasquero, la sensación de pequeñez frente a algo tan descomunal. Fue una experiencia realmente impactante. El barco pasa también por la catarata americana, que cae desde el lado de Estados Unidos, y por el llamado Velo de la Novia, más delicado pero igualmente precioso. No hay duda: las mejores vistas son desde el lado canadiense. Desde el estado de Nueva York las tienes casi al alcance de la mano, puedes recorrer pasarelas y un mirador que se asoma al vacío. Pero es desde Canadá desde donde aprecias la magnitud completa del conjunto, la barbaridad que forman todas las cataratas juntas. La excursión estaba incluida en nuestro paquete, pero el precio normal ronda los 30 €. También existe la actividad Behind the Falls: accedes por túneles a la parte trasera de la cascada, una cortina de agua infinita, y a un mirador justo al borde. Yo no la hice, pero es muy recomendable. No en vano más de 20 millones de personas visitan las cataratas cada año.

Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada
Niagara Falls, Canada

Salimos zumbando del barco para llegar a tiempo al inicio del partido. Bajo un sol de justicia, cientos de aficionados se agolpaban en el césped frente a la pantalla gigante instalada en un parque a los pies de la Torre Skylon, ese restaurante que gira 360º sobre las cataratas. El ambiente era electrizante: mucha gente animando a España, pero aún más con camisetas de Argentina. El partido fue vibrante, de esos que te suben el pulso. Llegó a la prórroga y nosotros teníamos la recogida con el bus a las 17:00, así que salimos corriendo, viendo los minutos finales desde el móvil ya subidos en el autobús. El gol lo cantamos casi antes de bajar a hacer el check‑in en el Hotel Hyatt Regency Niagara Falls Fallsview. La entrega del trofeo a España pude verla desde la habitación del hotel. Qué momento. Durante el partido en la Fan Zone estaba tan metida en el juego que no era consciente de dónde estaba. Era solo al girar la cabeza y ver el agua cayendo incansable en la catarata cuando te dabas cuenta de la escena: estabas viendo la final del Mundial en las Cataratas del Niágara. Un momento para recordar siempre.

Niagara Falls, Canada

Ya instalada en el hotel, y después de ser plenamente consciente de que éramos campeones del mundo, salí a disfrutar del paseo frente a las cataratas. A esa hora la luz empezaba a suavizarse y el ambiente tenía ese tono dorado que anuncia el final del día. Hay un funicular – Falls Incline Railway – que conecta la parte alta con la baja de la ciudad —y viceversa—. Cuesta 8 dólares (unos 5 €) ida y vuelta. En apenas unos minutos te deja en Table Rock, un centro comercial literalmente al borde de la cascada, tan cerca que parece que el agua te va a rozar. Fue justo en ese momento, con el sol ya bajando, cuando las cataratas crearon un arco iris fotogénico y perfecto, suspendido sobre el vapor. Una imagen de postal. Y también el instante en que todos los mosquitos decidieron salir de paseo, como si hubieran estado esperando la misma luz que nosotros. La tarde terminó ya al anochecer, con las cataratas iluminadas con la bandera de España en honor al campeón del Mundial. Ver ese torrente de agua teñido de rojo y amarillo, después de un día tan intenso, fue un broche inolvidable: naturaleza, viaje y celebración unidos en un mismo lugar.

Niagara Falls, CanadaNiagara Falls, CanadaNiagara Falls, CanadaNiagara Falls, Canada

Hora de irse a dormir. El día siguiente iba a ser uno de los más duros, muchas horas de carretera, hasta Ottawa. Pronto por la mañana, después de desayunar con unas impresionantes vistas, partimos deshaciendo el mismo camino del día anterior, hacia Toronto bordeando el lago Ontario. Sin embargo íbamos a pasar de largo en dirección este, dejándola atrás, hasta hacer una parada técnica en The Big Apple, una granja dedicada a la producción y elaboración de productos con manzanas: sidra, mermeladas, apple pies, helados, galletas… un inmenso mercado con otras delicias que nos sirvió de avituallamiento en esta larga ruta de hoy. Tienen además un pequeño «petting zoo» con animales autóctonos, cabras, cerdos, alpacas, gansos, pavos, ponis.

Big Apple, Cramahe, Canada
Big Apple, Cramahe, Canada
Big Apple, Cramahe, Canada
Big Apple, Cramahe, Canada
Big Apple, Cramahe, Canada

Seguimos camino para adentrarnos en el río San Lorenzo. En su desembocadura en el Lago Ontario forma multitud de pequeñas islas, muchas de ellas habitadas. Desde Rockport tuvimos ocasión de embarcarnos en un mini crucero – también incluido en el precio – por algunas de esas islas, habitadas por millonarios y famosos, en enormes mansiones con embarcaderos privados. Destaca la isla Corazón – Heart Island – una isla fortificada con un castillo. Es suelo estadounidense, no pudimos bajar. El recorrido me recordó en cierto modo a Finlandia, lagos, islas diminutas con casitas, árboles y bosques por todos lados.

Thousand Islands, Canada
Thousand Islands, Canada
Thousand Islands, Canada
Thousand Islands, Canada
Thousand Islands, Canada
Thousand Islands, Canada
Thousand Islands, Canada
Thousand Islands, Canada

Dejamos por el momento el río San Lorenzo para dirigirnos a Ottawa, situada a orillas del río que lleva su mismo nombre. Más adelante volveríamos al San Lorenzo y ya no nos despediríamos de él hasta el último día del viaje. La importancia del Saint Lawrence es enorme: es la gran vía fluvial que conecta el océano Atlántico con los cuatro Grandes Lagos norteamericanos, y viceversa. Es, en esencia, el corredor que une el interior del continente con el mar. Durante la época colonial fue la ruta por la que llegaban inmigrantes, colonos, mercancías y productos procedentes de Gran Bretaña, y por la que salían hacia Europa toneladas de madera y pieles, especialmente de castor. El río nace en el lago Ontario y, en su recorrido hacia el Atlántico, se encuentra con ciudades clave: Montreal, Trois‑Rivières y Quebec, la última gran población antes de la desembocadura. Quebec (literalmente «donde el río se estrecha») fue el enclave más estratégico: quien controlara la ciudad controlaba el tráfico comercial del río. Pero hacia el interior, desde el lago Ontario hasta los lagos Superior y Michigan, también se puede navegar. El sistema conecta los lagos Erie y Huron mediante una red de canales navegables y esclusas. Y aquí surge la pregunta inevitable: ¿cómo se salva el desnivel de las cataratas del Niágara? La respuesta está en el Canal de Welland, una obra monumental que discurre en paralelo a las cataratas y permite superar ese desnivel mediante enormes esclusas. Gracias a este sistema, barcos de carga pueden viajar desde el corazón del continente hasta el océano sin interrupciones. Todo este entramado logístico trajo la prosperidad al centro mismo del continente.

Llegamos a Ottawa y lo primero que pensamos es que, tras una cabezadita en el autobús, nos habíamos teletransportado a Londres!

Si Toronto es la ciudad más estadounidense del este canadiense, Ottawa es, sin duda, la más británica. A ratos parece Londres, a ratos Edimburgo. Se respira ese aire majestuoso y ceremonioso, con edificios solemnes, jardines impecables y hasta un cambio de guardia muy parecido al londinense. Como capital federal —una decisión tomada por la reina Victoria, que buscaba una ubicación neutral entre las comunidades anglófonas y francófonas, y además más alejada de la frontera con Estados Unidos que otras ciudades candidatas— Ottawa concentra una gran cantidad de edificios gubernamentales: el Senado, la Cámara de los Comunes, la Biblioteca del Parlamento, la Peace Tower (ese pequeño “Big Ben”), las residencias oficiales del Gobernador General y del Primer Ministro, y las sedes del Banco de Canadá y de la Corte Suprema. También es hogar de embajadas, ministerios y cuarteles de las fuerzas armadas. Todo el poder político del país está aquí. El corazón de la ciudad es Parliament Hill, un conjunto monumental que domina el paisaje junto al enorme Château Laurier, uno de los icónicos hoteles Fairmont. Justo al lado se encuentra el sistema de esclusas que conecta el Canal Rideau con el río Ottawa. Ese canal, que atraviesa la ciudad, se congela en invierno y se convierte en un larguísimo circuito de patinaje sobre hielo de más de 8 kilómetros, una de las imágenes más emblemáticas de la capital. Un poco más alejado del centro está el Museo de Bellas Artes, custodiado por la escultura Maman, la enorme araña gemela de la que encontramos en el Guggenheim de Bilbao. Es un contraste precioso: arte contemporáneo frente a arquitectura victoriana.

Llegamos al céntrico Ottawa Embassy Hotel & Suites y dispusimos de la tarde para admirar la ciudad con calma. Ottawa es de esas capitales que se descubren paseando, sin prisa, dejándose llevar por sus avenidas elegantes y su aire diplomático. A la mañana siguiente salimos en otra larga jornada de carretera rumbo a Quebec. Cruzar el puente Macdonald‑Cartier y ver el cartel de Bienvenue au Québec supone no sólo cambiar de provincia, sino cambiar de idioma. Entrábamos en territorio francófono, y la atmósfera del viaje volvía a transformarse.

Ottawa, Canada
Ottawa, Canada
Ottawa, Canada
Ottawa, Canada
Ottawa, Canada
Ottawa, Canada
Ottawa, Canada
Ottawa, CanadaOttawa, Canada

Nuestra primera parada del día fue en el Parque Omega, una enorme reserva donde los animales viven en semi‑libertad. Al llegar nos cambiaron a un pequeño autobús escolar, con ventanas bajas, perfecto para poder ver —y casi tocar— a los animales durante el recorrido de 12 kilómetros a través de lagos, praderas, pequeños valles, bosques y colinas rocosas. Nada más cruzar la entrada, el bus quedó rodeado por cientos de ciervos que se acercaban sin ningún pudor, ansiosos por comer zanahorias o cualquier cosa que pareciera comestible. Apenas dejaban avanzar el vehículo: machos con cuernos enormes, hembras, bebés, manadas enteras moviéndose como si fueran parte del paisaje. Entre ellos aparecían también jabalíes, que observaban la escena con calma. Tras esta primera fase llegamos a un área de descanso con baños y cafés, donde algunos ciervos se atrevían a entrar persiguiendo la comida. Allí también se pueden ver castores y gansos, que añaden un toque más doméstico al entorno.

Y ya, después de esta parada, comenzaba el plato fuerte. El bus avanzaba por los recintos de los alces, los bisontes, los lobos —impactantes, silenciosos, hipnóticos— y los osos, que fueron una auténtica locura. También vimos cabras del Himalaya y zorros, cada uno en su propio territorio, moviéndose con una libertad que recordaba que aquello no era un zoo, sino un espacio pensado para ellos. Aun así, nos fuimos con una pequeña lista de ausencias: mapaches, coyotes, marmotas, caribús, glotones, gatos monteses, tejones o perros de la pradera. Nos decepcionó un poco no verlos, pero también fue un recordatorio de que aquí los animales no están obligados a aparecer. La naturaleza decide.

Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada
Parc Omega, Canada

Continuamos camino, todavía emocionados por lo que acabábamos de vivir en el Parque Omega y, a la vez, hambrientos, rumbo a Chez Dany, una auténtica cabane à sucre. Las cabañas de azúcar son uno de los lugares más emblemáticos de la cultura tradicional de Quebec: una experiencia gastronómica, histórica y festiva alrededor de la producción del famoso maple syrup jarabe de arce. En estas granjas, durante la primavera —cuando aún queda nieve en el suelo— se recoge la savia de los arces en pequeños cubos metálicos. Para ello se colocan grifos diminutos incrustados en el tronco, por donde gotea la savia. Después, esa savia se lleva a la cabaña, donde se hierve durante horas hasta transformarse en jarabe, azúcar o mantequilla de arce. Es un proceso artesanal que forma parte de la identidad quebequesa.

A las cabañas acuden tanto locales como visitantes para degustar una comida tradicional siempre acompañada del jarabe: sopa de guisantes, jamón glaseado, patatas, tortitas… todo servido en mesas largas, en un ambiente cálido y rústico. También te ofrecen probar las famosas piruletas de arce, hechas al momento poniendo jarabe caliente sobre hielo para que se solidifique alrededor de un palito. Un clásico irresistible. La experiencia se completa con música en vivo, acordeón, cucharas de madera golpeando al ritmo, gente que se anima a bailar y a pasar un rato agradable. Es una visita obligada para entender la cultura local. Impresiona cómo el jarabe de arce marca la vida de los canadienses: está presente en sus platos, en sus tradiciones, en sus recuerdos de infancia y hasta en sus ideas para regalos y souvenirs. Es más que un producto; es un símbolo.

Cabane à sucre Chez Dany, Canada
Cabane à sucre Chez Dany, Canada
Cabane à sucre Chez Dany, Canada
Cabane à sucre Chez Dany, Canada
Cabane à sucre Chez Dany, Canada
Cabane à sucre Chez Dany, Canada

Y así, canturreando y con la barriga llena de manjares y azúcares, llegamos a Quebec, la ciudad que parece salida de un cuento de hadas, donde volvimos a encontrarnos con el río San Lorenzo. Su nombre, Québec, significa literalmente “donde el río se estrecha”.  Si Ottawa había sido una inmersión en la Gran Bretaña más auténtica, llegar a Quebec fue como aterrizar en el Mont Saint‑Michel o en las callejuelas más bohemias de París. Qué país de contrastes!

El bus nos dejó directamente en el Hotel Quartier, an Ascend Collection Hotel, a las afueras del centro histórico. La tarde caía, el cielo amenazaba lluvia, y todos nos lanzamos como locos a pedir Ubers para llegar al centro antes de que anocheciera. El camino era una sucesión de casas unifamiliares perfectas, cada una más bonita que la anterior, con jardines enormes e impecables. Parecía que alguien hubiera desplegado un catálogo de “hogares ideales” a ambos lados de la avenida. Al llegar al centro se notaba enseguida la vida animada que lo llena: restaurantes, heladerías, terrazas, y la gran explanada de Dufferin Terrace, que bordea el castillo y se convierte en un mirador perfecto hacia la ciudad baja y el puerto. Todo invita al paseo, a la contemplación, a dejarse llevar. Y allí, dominándolo todo, el Château Frontenac. El emblema de los hoteles Fairmont, protagonista absoluto de la ciudad y, si me apuras, imagen de Canadá. Aunque parezca increíble, nunca fue un castillo: se construyó específicamente como hotel en 1893 por la compañía ferroviaria Canadian Pacific Railway, que buscaba impulsar los viajes en tren ofreciendo paquetes turísticos. Un castillo inventado, pero tan icónico que ya nadie lo cuestiona. ¿Cuántas fotos se le pueden hacer? Cientos!

Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada

Pero Quebec no es solo su castillo. El resto de la ciudad son callejuelas empedradas, algunas bastante empinadas, salpicadas de iglesias —la Basílica de Notre‑Dame, la Catedral de la Santa Trinidad—, colegios universitarios, bastiones de defensa, esculturas, plazas históricas y miradores. El desnivel entre la ciudad alta y la baja se salva por cuestas y escaleras, o por el funicular, inaugurado en 1879, que cuesta unos 4 euros por trayecto. Cuando llegas abajo, la imagen cambia por completo. Puedes imaginar sin esfuerzo el barrio en época colonial: barcos llegando con mercancías, tabernas llenas, ajetreo constante en las calles empedradas. Todo parece conservar una memoria antigua, como si la piedra aún recordara el ruido de los carros y las voces de los comerciantes. Cuesta imaginar ese mismo escenario en pleno invierno. Quebec es la más fría de las cuatro grandes ciudades del este, y sus condiciones deben de ser durísimas. Pero quizá por eso mismo, cuando la recorres en verano, con luz, con vida, con heladerías abiertas y terrazas llenas, la ciudad se siente aún más mágica.

Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada
Quebec, Canada

Al día siguiente hicimos una ruta panorámica en el bus, comenzando por el Hôtel de Ville, el Ayuntamiento, y continuando hacia la Ciudadela, que estaba tomada por las instalaciones del recién terminado Festival d’Été. Parte de esas estructuras ocupaban también las Llanuras de Abraham, escenario de la gran batalla entre británicos y franceses que decidió el destino de la región. Salimos después de la ciudad para dirigirnos a las cercanas Cataratas Montmorency, que con sus 83 metros de altura imponen desde lejos. Para ponerlo en perspectiva: Niagara tiene 52 metros, Iguazú 82, Skógafoss en Islandia 62. Montmorency es, literalmente, un salto de agua monumental. Disponíamos solo de una hora, así que no nos daba tiempo a subir en el cable car hasta la cima ni cruzar el puente colgante que las atraviesa. Nos tuvimos que conformar con caminar por la pasarela de observación, que llega hasta el borde mismo de la caída. Allí el agua te salpica, el ruido te envuelve y puedes ver las tirolinas que cruzan la catarata a toda altura. También existe la opción de subir por unas interminables escaleras de madera, que serpentean por la ladera como una especie de penitencia panorámica. Podrías quedarte allí horas, admirando cómo el agua cae con una fuerza casi hipnótica, cómo se forman arco iris en la bruma, cómo cambia la luz. Y, inevitablemente, piensas en cómo debe ser aquello en invierno. Por lo visto, las cataratas se congelan por completo, creando lo que llaman un “pan de azúcar”: un cono gigantesco de hielo formado por las salpicaduras que se solidifican. Una escultura natural que solo existe cuando el frío es extremo. Y claro, no pude evitar imaginarme volviendo un invierno para ver muchos de estos lugares transformados. Son paisajes completamente distintos, como ya me pasó en Islandia. Nada podrá superar la visión de Seljalandsfoss totalmente congelada, rodeada por completo de bolas de hielo como huevos de Alien. Aquello parecía otro planeta.

Montmorency Waterfall, Canada
Montmorency Waterfall, Canada
Montmorency Waterfall, Canada

Conocer la historia del lugar que visitas siempre es importante y enriquecedor, pero aún lo es más cuando puedes acercarte de primera mano a una de las Primeras Naciones de Canadá, el pueblo Huron‑Wendat. Antiguamente cazadores y agricultores establecidos en la región de los Grandes Lagos, vivían en grandes aldeas fortificadas, con casas comunales que podían alcanzar los sesenta metros de largo. Hoy en día, la comunidad Huron‑Wendat cuenta con unos 2.000 miembros, muchos de ellos descendientes de familias mezcladas con franceses y británicos, que residen en Wendake, una comunidad autónoma situada muy cerca de la ciudad de Quebec. Allí conservan su cultura, su museo y su legado histórico con enorme orgullo. Es importante recordar que no les gusta que se utilice el término “reserva indígena” para referirse a Wendake, ya que para ellos tiene connotaciones negativas de sometimiento y segregación. Prefieren ser reconocidos como Primera Nación, un término que refleja su identidad, su autogobierno y su historia. Aunque están plenamente integrados en la sociedad local y en el modo de vida moderno, mantienen un fuerte vínculo con sus raíces. Lo demuestran con su esfuerzo constante por preservar sus tradiciones, transmitirlas a las nuevas generaciones y compartirlas con quienes visitan su territorio.

Wendake, Site Huron, Canada
Wendake, Site Huron, Canada
Wendake, Site Huron, Canada
Wendake, Site Huron, Canada
Wendake, Site Huron, Canada
Wendake, Site Huron, CanadaManoir du Lac Delange, Canada
Manoir du Lac Delange, Canada

Después de esta visita, nos dirigimos a dormir por primera vez fuera de una ciudad, en el Manoir Lac Delange, un resort junto a un lago. Teníamos la esperanza de ver estrellas fugazes, y quién sabe… alguna aurora boreal, pero lamentablemente las nubes no nos lo permitieron. Al día siguiente el grupo se dividía en dos, unos cuantos nos íbamos a Montreal, donde iba a terminar el viaje, mientras que otros seguían ruta más hacia al norte para ver ballenas y volver a Montreal varios días más tarde. Nos fuimos pues en un mini bus más pequeño, con otro guía, rumbo a Montreal.

Al llegar, paramos a ver algunas cosas de las afueras. ¿Qué vimos primero? El imponente Estadio Olímpico con su torre inclinada. Han pasado muchos años desde las olimpiadas de Montreal 76, pero siempre quedarán en la memoria colectiva por ser donde Nadia Comaneci logró el primer 10 de la historia en gimnasia artística. Apenas nadie recuerda su mascota, el castor Amix, símbolo nacional de Canadá. De camino al mirador de Mont Royal, fuimos viendo preciosas casas victorianas o de influencia europea. Las vistas del skyline desde ese montículo, rodeado de parque, son un escándalo. Pasamos también por el Oratorio de San José, con la segunda cúpula más grande del mundo. Y ya nos dirigimos a cruzar el río para llegar a las islas de Saint Helene y Notre Dame, donde se encuentran aparte de muchas zonas recreativas como un parque de atracciones o playas urbanas, varios pabellones de la Expo Montreal 67, como la esfera The Biosphere o el Casino de Montreal, con esa arquitectura futurista tan típica de las exposiciones universales. Aparte de todo esto, en la isla de Notre Dame está el circuito de Formula 1 Gilles Villeneuve, donde se celebra en Gran Premio de Canadá. Es un circuito semi urbano, que aunque rodeado de naturaleza, cuando no está en uso se puede usar ara pasear, montar en bici o disfrutar de sus alrededores. Circular en el mini bus por esa pista impresiona bastante.

Estadio Olímpico, Montreal, Canada
Mont Royal, Montreal, Canada
Mont Royal, Montreal, Canada
Mont Royal, Montreal, Canada
Mont Royal, Montreal, Canada
Mont Royal, Montreal, Canada
Mont Royal, Montreal, Canada
Oratorio de San José, Montreal, Canada
Oratorio de San José, Montreal, Canada
Formula 1 Gilles Villeneuve, Montreal, Canada

Después de este paseo y primera toma de contacto con Montreal, cruzando por uno de los múltiples puentes de la ciudad, el bonito Puente Jacques Cartier, nos dejaron en el hotel y finalizó el paquete. Teníamos a partir de ahí tiempo libre para hacer lo que quisiéramos. Algunos de iban ese mismo día, algunos al día siguiente, yo que quedé tres días más.

DOWNTOWN, ZONA FINANCIERA y COMERCIAL

Después de hacer el check-in y dejar las cosas, salí del hotel Hampton Inn Montreal Downtown, muy estratégicamente situado en pleno barrio chino, para hacer una primera inspección de la zona. Queda muy cerca de todo, de las calles más comerciales, zona financiera, pero también del antiguo Montreal y el puerto. La cercana Rue Sainte-Catherine East fue lo primero que me encontré, el epicentro de las compras, todo me parecía tan fotogénico, iglesias embutidas entre rascacielos, enormes edificios neoclásicos, centros comerciales, y mucha animación de gente por toda partes.

Montreal downtown, Canada
Montreal downtown, Canada
Montreal downtown, Canada
Montreal downtown, Canada
Montreal downtown, Canada

Destacan sobre todo los grandes almacenes Simons, fundados en 1840, que empezaron como una mercería y ahora están presentes en todo el territorio canadiense. Y por otra parte, el moderno centro comercial Eaton, que alberga el fantástico mercado de comidas del mundo Time Out Market Montréal, donde cené un par de noches. También en esta zona encuentras la prestigiosa Universidad McGill, la curiosa escultura The Ring, la Catedral Marie Reine du Monde, las bonitas plazas Dorchester Square, Phillips Square, Victoria Square, la Estación Central de trenes, el World Trade Centre donde puedes ver un trozo expuesto del Muro de Berlín, y el vanguardista y colorido Palacio de Congresos de Montreal.

Montreal downtown, Canada
Montreal downtown, Canada
Montreal downtown, Canada
Montreal downtown, Canada
Palais de Congres de Montreal, CanadaMontreal downtown, CanadaWorld Trade Centre Montréal, Canada

RESO, CIUDAD SUBTERRANEA

El RÉSO (Réseau Souterrain de Montréal), la famosa ciudad subterránea, nació en los años 50 dentro del plan de modernización del alcalde Jean Drapeau, el mismo que impulsó el metro de la ciudad. Es un entramado inmenso de túneles, pasarelas, centros comerciales y edificios interconectados, que poco a poco ha ido creciendo hasta convertirse en el complejo subterráneo más grande del mundo. Permite recorrer buena parte del centro sin salir al exterior. En invierno, cuando Montreal baja a –25 °C, es casi una bendición. Pero también en verano donde se está más fresco ahí abajo que en la calle.

32 kilómetros de pasillos y galerías interconectados. Más de 60 edificios conectados, hoteles, centros comerciales, 2 estaciones de tren y 10 de metro, la universidad, el palacio de congresos, oficinas y empresas, cines y áreas recreativas. Más de 120 puntos de entrada. Más de 500.000 personas lo usan cada día, especialmente en invierno, ahora en verano lo encontré bastante vacío. El segundo hotel en el que estuve, el The Westin, tenía una entrada propia al RESO.

¿Recordáis el que os mostré de Helsinki? Pues muy parecido, pero bastante más funcional y «amable», el de Helsinki son túneles en la roca viva. Toronto también cuenta con su propia ciudad subterránea, también de unas dimensiones similares. Lamentablemente mi visita express a Toronto no me permitió visitarlo.

RESO Montreal, Canada
RESO Montreal, Canada
RESO Montreal, Canada
RESO Montreal, Canada
RESO Montreal, Canada
RESO Montreal, Canada
RESO Montreal, Canada

VIEJO MONTREAL, VIEUX MONTREAL

El contraste entre el Viejo Montreal y los rascacielos es tan abrupto que parece casi un truco de magia. Caminas entre torres de cristal que se elevan como gigantes y, de pronto, al cruzar una calle, la ciudad baja el volumen. El suelo se vuelve adoquinado, las fachadas recuperan la piedra, y el aire adquiere una calma antigua, como si hubieras entrado en un barrio que lleva siglos intacto. Destacan la Basilica de Notre Dame en la histórica Plaza de Armas, el Marché Bonsecours con su cúpula plateada, o la Rue Saint‑Paul la calle más antigua de Montreal, llena de galerías, boutiques y restaurantes.

Es un barrio muy turístico, pero si te escabulles de las calles principales puedes encontrar pequeñas joyas, cafés escondidos o edificios singulares.

Vieux Montreal, Canada
Vieux Montreal, Canada
Vieux Montreal, Canada
Vieux Montreal, Canada
Vieux Montreal, Canada
Vieux Montreal, Canada
Vieux Montreal, Canada
Vieux Montreal, Canada
Vieux Montreal, CanadaBasilica de Notre Dame, Montreal, Canada

EL VIEJO PUERTO, VIEUX PORT

Pegado al Viejo Montreal, a orillas del río San Lorenzo, está el Viejo Puerto, que nació como motor económico gracias a los comerciantes franceses. Era el verdadero corazón de la ciudad hasta que en 1976  toda la actividad portuaria se trasladó más hacia el este dejando esta zona sin uso industrial. Fue entonces cuando renació reconvertido como un espacio cultural y recreativo lleno de vida. Hoy es uno de los lugares más visitados de la ciudad, con más de seis millones de visitantes al año. Además de pasear y recorrerlo admirando los barcos, puedes encontrar la enorme carpa del Circo del Sol, originario de Montreal y que se instala aquí cada verano. A su lado, la Grande Roue de Montréal, la noria más alta de Canadá, también el Centro de Ciencias con un cine IMAX, tirolinas, alquiler de patines, saltar en bungee o ver la Torre del Reloj (Tour de l’Horloge). Puedes además reservar una excursión en barco, hay de todo tipo, con cena, más de aventura, más privado, más largo, yo hice el Bateau Mouche que recorre el frente de la ciudad de lado a lado pasando por debajo del puente de hierro por las islas del río. Me costó 44 CAD, unos 27 euros.

Pero lo que más me llamó la atención del puerto son los enormes edificios abandonados de la época industrial y colonial. Los impresionantes silos para almacenar trigo, que datan de cuando Canadá abastecía de cereal a todo el Reino Unido, hoy abandonados generan un eterno debate en la ciudad sobre que hacer con ellos, mientras se oxidan y degradan. Sin embargo a su alrededor crece un agradable parque, ideal para pasear o hacer un picnic. Un contraste interesante. No pude llegar, pero un poco más al sur se encuentra el icónico edificio Farine Five Roses, con su letrero luminoso – todavía hoy se enciende – y que es imagen de muchas postales de la ciudad. En uno de esos enormes almacenes un artista anónimo instaló una casita rosa en todo lo alto, hoy también un símbolo de la ciudad.

Como curiosidad, trenes de mercancías atraviesan el viejo puerto, cortando momentáneamente los accesos. Se pueden también encontrar las esclusas que forman parte de la vía marítima del Río San Lorenzo y del Canal Lachine, y que acortan distancias y salvan los rápidos del río.

Cirque du Soleil, Le Bateau-Mouche, Vieux Port, Montreal, Canada
Le Bateau-Mouche, Vieux Port, Montreal, Canada
Le Bateau-Mouche, Vieux Port, Montreal, Canada
Tour de l'Horloge, Le Bateau-Mouche, Vieux Port, Montreal, Canada
Le Bateau-Mouche, Vieux Port, Montreal, Canada
Le Bateau-Mouche, Vieux Port, Montreal, Canada
Puente Jacques Cartier, Le Bateau-Mouche, Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada
Montreal Vieux Port, Montreal, Canada

SQUARE SAINT LOUIS

La Square Saint‑Louis es uno de los rincones más bonitos y fotogénicos de Montreal, y gran parte de su encanto viene de las casas que la rodean: esas fachadas victorianas de colores intensos, con escaleras exteriores, torrecillas, balcones de hierro y tejados puntiagudos que parecen sacados de un cuento. Son un ejemplo perfecto de la arquitectura victoriana del siglo XIX que floreció en Montreal cuando la ciudad vivía un periodo de prosperidad. Este barrio se convirtió en un refugio de artistas, escritores y estudiantes, sobre todo por su cercanía a la Universidad McGill y al Plateau‑Mont‑Royal, y abundan los cafés literarios, librerías independientes y vida cultural alternativa.

La plaza es tranquila, con muchas zonas de sombra y plagada de ardillas amigables.

Square-Saint-Louis, Montreal, Canada
Square-Saint-Louis, Montreal, Canada
Square-Saint-Louis, Montreal, Canada
Square-Saint-Louis, Montreal, Canada
Square-Saint-Louis, Montreal, Canada
Square-Saint-Louis, Montreal, Canada
Square-Saint-Louis, Montreal, Canada
Square-Saint-Louis, Montreal, Canada
Square-Saint-Louis, Montreal, Canada

En Montreal me alojé en el Hampton Inn Montreal Downtown, incluido en el paquete. Y después me cambié para pasar tres noches en The Westin.

Si vuelas con Air Canada puedes coger un shuttle que ofrecen al aeropuerto a precios muy económicos ( CAD = 5,5 euros) y que sale el Palacio de Congresos, o bien puedes tomar el bus urbano 747. Si compras el pase de transporte, este trayecto estará incluido (1 día cuesta 7 euros, 3 días cuesta 14 euros)

Algunos precios del viaje (no olvides que los precios no incluyen impuestos y tampoco la propina obligatoria en los restaurantes):

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